Intimidad

Vivimos para atesorar, para guardar, disfrutando de ello o no. Nos creemos obligados a poseer: somos a razón de lo que hemos construido, robado o compartido.

© AmiT PhotoGraphy – Fallen Leaf . . . (Flickr)

Pero tanto recuerdo, tanto beso, lujo, placer o desconsuelo, son humo invisible sin la implicación consciente de uno mismo: perdiendo la conexión con los demás como hoja de árbol homérica que cae a la tierra, todo aquello se reduce a circunstancias, a accidentes ya sin significación cuya amarillez rememorativa se deshace sin la participación de quien la aportó.

Los secretos ganados al vivir, el cuerpo inviolado, el rinconcito aquel que nadie más tuvo, las cartas que significaban mucho más de lo que transportaron escrito, el lugar más apropiado donde guardar las alegrías o las llaves para tenerlas siempre a mano, aparecen ahora ridículos o absurdos, sin sentido porque su identidad se la llevó aquel que se fue.

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Se alquila, se aniquila: vámonos de fiesta

El espacio que se anuncia en la imagen ya estaba disponible antes de que se colocase tan espantoso letrero. Lo único que ha cambiado desde antes de su instalación es que alguien ha recibido el encargo o la concesión de colocarlo y puede cobrar a un tercero que quiera disponer de ese lugar. Parece de tontos recordarlo, pero antes de que pusieran esos armatostes tan feos y amenazantes (no dudo de que tan pesadas armazones estén bien aseguradas, pero desasosiega un poco que se apoyen sobre el muro de un colegio) ya existía algo -un trozo de atmósfera, al menos; una parte de nuestro paisaje urbano- que estaba a disposición de todos, bien que para poca utilidad según entendemos los humanos ese concepto y seguro que a beneficio nulo.

Pero en esta vorágine estamos metidos: como en el pueblo tenemos tanta crisis, como hay tanto desempleo y nos tenemos que amparar a la Virgen de la Temporalidad (que nos guarde de levanteras eternas y asusta-veraneantes) pues a alquilar o a vender se ha dicho -¡qué más da que sea un trozo de aire por encima del muro del colegio de Guzmán, el suelo del Cerro de Santa Catalina, la singularidad de Valdevaqueros o el cuartucho donde guardamos los trastos para que se queden a dormir unos cuantos guiris a precio de Ritz!-, a plantar neones que continúen el afán destructor de zonas verdes de los últimos consistorios, a remozar el aspecto ajado del pueblo con una manita de hormigón y un retoque de señales viales.

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Dos actitudes: dos respuestas

Podríamos hablar de los corruptos, de los que no dan la cara ni la respuesta, de quienes encubren a todos éstos amparándose en la legalidad creada por ellos y para ellos. Podríamos deducir entonces cómo hemos llegado aquí habiendo salido de aquella grisura y fácilmente encontraríamos soluciones a nuestros problemas.

Pero ante tanta crisis, ante tanto listo que ha sabido aprovecharse de la situación, de tantas reflexiones sobre todo esto, de tantas palabras y complejidades económicas, quedémonos con estos dos ejemplos:

Ante la repercusión que ha tenido el vídeo en internet y temiendo la reacción de los gerentes de su empresa, este señor ha dejado de cantarles a los niños.

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Púgiles sonados, combate sin pupas ni aplausos

Un ring de boxeo sirve para acotar la lucha, para que ésta no se convierta en un espectáculo callejero donde los contendientes tienen la posibilidad de huir y, así, anular la pelea, o hacerla eterna; también es un lugar vacío, sólo delimitado por cuerdas, que refuerza la impresión de que los boxeadores están en igualdad de condiciones. Pero el principal propósito del ring es el de servir de escenario, pues la pelea que allí se realiza no es nada sin público, sin espectadores cuyos fanatismos generen el dinero necesario para continuar con el espectáculo, es decir, su razón de ser. El boxeo, sin ring, es una pendencia entre macarras.

+Gente es un programa de TVE, es “un magacín de tarde abierto a la actualidad [...]. El entretenimiento, la crónica social y la nostalgia también tiene un hueco”. En ese espacio, entre la noticia sobre el fallo judicial a favor del hijo de Cela y contra Marina Castaño y unos consejos sobre el uso de tarjetas de crédito, es en donde el alcalde de Tarifa y una representante de Greenpeace han expuesto para toda España sus posturas sobre el posible desarrollo urbanístico de Valdevaqueros. ¿Habrá aprovechado Juan Andrés Gil algún viaje institucional a la capital para aparecer en el programa o habrá ido ex profeso? El precio de todo este viaje, ¿de qué y de quiénes pasarán a ser gastos de representación y de defensa?

Lástima que al ring de +Gente no puedan acudir los enmascarados activistas de Greenpeace ni las fanfarrias populares tarifeñas.

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Miedos y estrecheces

¡Qué disfrute en la búsqueda de culpables! ¡Qué felicidad la de criticar atrincherados tras la comodidad! 

Superpage – Long… Way… Down… (Flickr)

Un buen día, hartos de clamar que no nos dejan avanzar, que los elementos se interponen entre nosotros y nuestra meta, finalmente sabiéndonos a solas y por tanto no tan valientes y sí aherrojados por la costumbre y la molicie, nos sinceramos y comprobamos que nunca habíamos intentado dar un paso, que nos dejábamos llevar como petróleo sobre la mar a donde la marea quisiese conducirnos. Y entonces sabremos aceptar que todo simplemente se reduce a olvidar miedos, complejos y prejuicios y actuar.

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Como un gatito abandonado en una caja

El orden es una manta que la humanidad ha ido tejiendo no para tranquilizar sus nervios a la espera de que regrese Ulises, sino verdaderamente porque el vivir da mucho frío y el hombre necesita esa manta para poder continuar su camino, un camino que no se sabe si es largo, a dónde conduce y para qué es necesario seguirlo, de ahí la necesidad de la manta, como único refugio ante el miedo que produce cada paso que se da; por eso Ulises regresaba a Ítaca: en busca de la manta para continuar su odisea.

Ese orden que nos cubre y protege a veces se apolilla y es muy fácil de ensuciar, en ocasiones estorba y deseamos abandonarla a un lado del sendero para que quede como abrigo de chinches y de perros callejeros y recoja la putrefacción de la naturaleza que es vida. Pero el hombre que se libra de ella durante su caminar volverá a necesitarla y, o bien regresará sobre sus pasos para recuperarla, o tomará otra manta que alguien le preste o que encuentre a su vez abandonada.

El orden es el que nos tranquiliza cuando recapacitamos y nos vemos tan abandonados en este sitio del que dicen que es una mota de polvo entre tanta estrella y tanto espacio intergaláctico, en tan grande enormidad que no somos capaces de concebir y, por eso, nos resulta tan difícil dejar de creer en que alguien o algo extraterreno nos vigila o vela por nosotros, porque el universo es demasiado infinito para vivirlo sin una manta que nos ampare, sin un dios o una civilización superior que dé calor y cobijo al desamparo que somos.

Gatita abandonada en una caja (Tomada de http://casafelina.blogspot.com.es/)

Por todo esto dicen que aquel que tiene trabajo está psicológicamente más centrado que quien no, pero no porque nos “realicemos” como personas, pongamos en práctica nuestras habilidades y consigamos más, sino porque tenemos un orden, unas cuantas horas diarias regladas donde la ilusión de la ocupación, del sentirse necesario, nos concede el calorcito preciso para no sabernos tan solos y frágiles. Así, la biblioteca que se expone en la tienda de muebles se adorna con cartones que simulan los lomos de grandes e importantes obras de la literatura universal, porque un mueble biblioteca, aun fuera de su hábitat natural, del salón o del dormitorio, nos ampara si está sirviendo para lo que lo concebimos, aunque los libros no sean tales: ya nos ocuparemos de ellos.

Recordemos entonces: cuando nos vayan a abandonar no supliquemos porque no lo hagan, sólo pidamos una mantita.

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Trucos que son magia de la literatura

Carles Ribas - El escritor Eduardo Mendoza (Tomada de elpais.com)

Eduardo Mendoza publica nueva novela, una de las que se ha dado en considerar como menor -pues ya se sabe que a lo que hace reír no lo consideramos literatura de peso-: El enredo de la bolsa y la vida.

El bosquejo de la trama que aparece en la entrevista que Mendoza concede a El País ya me ha hecho reír, y eso es un muy buen augurio, dado lo que últimamente se lee y no me refiero a lo literario precisamente.

El escritor, al término de la entrevista, muestra de nuevo ese aura de misterio que le crea la mezcla de inteligencia y de ”andar por aquí como de prestado” que siempre parece acompañarle,  al revelar al periodista que ha temido que a esta nueva obra “le vieran las costuras” como el mago que sacando el conejo de la chistera confiesa que teme que le descubran el truco.

Pero si un mago puede temer porque la ilusión se desmenuce ante sus espectadores, en cambio no tiene por qué preocuparse por sus anteriores espectáculos que, si fueron aplaudidos en su momento, ya nadie va a restarles ni mérito ni éxito. Mendoza el Fantástico sí: “Tenía miedo de que saliera mal, de que le vieran las costuras y si esto sucedía con esta lo mismo les pasaría a las otras.” Es decir, al final de la entrevista viene el verdadero golpe de prestidigitador, pues si en esta novela no quedaban bien ocultos los artificios narrativos, no sólo podríamos observar la trama y la urdimbre de esta última novela, sino también la de toda su producción.

¿A alguien se le ocurre una mejor y más barata promoción? En esta ocasión no he dudado en usar como imagen para esta entrada la de la entrevista en El País, la fotografía de Carles Ribas donde Eduardo Mendoza actúa como lo deben hacer los lectores: cerrando los ojos mientras se prepara el espectáculo para que éste sea más grandioso cuando se vaya a realizar y se le pida al público que disfrute, a aquellos que son, en último lugar y hallando o no la fullería que es germen de toda obra literaria, quienes en verdad deciden si su calidad es lo suficientemente óptima como para aceptar plenamente la realidad de esa ficción.

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Laurent Binet: “HHhH” (Círculo de Lectores, 2011)

Adam Jones, Ph.D. - "Lidice Memorial - Image of Reinhard Heydrich, Nazi Mass Murderer - Near Prague, Czech Republic" (Flickr)

“[...] ¿hay algo más vulgar que atribuir de modo arbitrario, con la pueril intención de lograr un efecto de realidad o, en el mejor de los casos, sencillamente de comodidad, un nombre inventado a un personaje inventado?” (p. 9).

“Sé que reduzco a este hombre al vulgar rango de personaje, y sus actos al de la literatura: alquimia infame, pero ¿acaso puedo hacer otra cosa?” (p. 10).

“Una gota de estilización, por tanto, en el océano de lo real.” (p. 31).

“En esa época todavía cualquiera puede burlarse de él sin jugarse la vida. Pero es también el delicado período de la infancia en que se aprende el resentimiento.” (p. 31).

Davie Green - "Kubišova- Praha 8" y "Gabčíkova- Praha 8" (Flickr)

“Robert Merle intenta adivinar -digo adivinar, no comprender- cómo se puede llegar a ser comandante de Auschwitz. No es mi intención -digo intención, no ambición- hacer lo mismo con Heydrich.” (p. 32).

“En la gran mayoría de los casos, tanto para emigrar en 1938 como para ser enviados a Treblinka o a Auschwitz en 1943, los judíos acudirán a las convocatorias de sus enemigos.” (p. 81).

“Si por mi fuera, copiaría su libro de cabo a rabo. Algunas veces me siento como un personaje de Borges, pero no, a decir verdad tampoco yo soy un personaje.” (p. 190).

“Una y otra vez me doy contra ese muro de la Historia por el que trepa y se extiende imparable hacia arriba, cada vez más dura, la hiedra desalentadora de la casualidad.” (p. 216).

“[...] un fantasma no aspira más que a una sola cosa: a revivir.” (p. 251).

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Empacho de colores para un daltónico

Que levante la mano quien no peque de novelero: Un tal Neil Harbisson se presenta como el primer ciborg de la historia, o al menos el primero al que así ha reconocido oficialmente un gobierno, el británico, que le ha permitido aparecer en la foto de su pasaporte junto al aparato que, conectado en la nuca, le cuelga sobre la frente, pues habiendo nacido con acromatopsia -esto es, viendo las cosas sólo en blanco y negro, como los televisores con los que se sintonizaba el UHF- gracias a ese “tercer ojo” puede sentir los colores, bien que oyéndolos más que viéndolos. Tan interesante historia, por verdadera y a la vez “científico-ficticia” (no se pierdan la entrevista que a Neil le hace Juan José Millás en El País), me trae a la memoria a una prima mía que de pequeña creía que el mundo antes de ella, en el tiempo de los abuelos, era en blanco y negro tal y como se lo confirmaban las fotos de familia. 

Tildar la creencia de mi prima de pueril es fácil, pero hay un modo más práctico de definirlo: la imaginación nos permite escapar de los corsés de la realidad y aceptar lo que en nuestro mundo es imposible, o al menos plantearnos su existencia. Entre la fe ciega en lo improbable que resulta muy cercana a la aceptación milagrera de la cotidianeidad y el escepticismo radical que lleva a cuestionarse incluso la exactitud de las propias experiencias sensoriales, existe una actitud abierta ante la vida, capaz de discriminar excesos no sin antes reflexionar sobre su veracidad. Que nuestro mundo sea azul no le quita valor a otra realidad de otro color de la que antes no hayamos tenido conocimiento, lo que puede parecer el mismo tipo de perogrullada que afirmar que a lo desconocido se llega por casualidad, por curiosa voluntad o con ayuda de terceros.

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Tontuna

Es de tontos o de cobardes pensar que aquello que no nos gusta ocurre siempre lejos de nosotros, que son otros los salvajes mientras que les degollamos por no actuar a nuestra manera -o quizá porque a su vez sí lo hacen y tememos que el mismo daño que vamos a causar nos llegue desde sus puños antes de usar los nuestros.

Lo innombrable no nos es ajeno y la tiranía se agazapa en cualquier esquina bajo muchas formas: es de tontos mirar hacia otro lado cuando no nos embiste y, cómodamente yacentes en un sofá que acaso mañana ya no poseamos, seguir imperturbables mientras en las noticias aparecen unos indigentes acaparando cartones contra el frío como una anécdota más de este frío invernal inesperado para, segundos después, mostrarnos el televisor  nuestras vergüenzas en forma de estufas móviles descongelando el césped del Camp Nou para que el partido se juegue en las mejores condiciones posibles:

(Imagen de Jordi Play en "La Vanguardia")

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