Ficciones

sevoo - Aleph, again (Flickr)

Los sueños forman tramas verosímiles con viejos mimbres destrenzados y vueltos a armar que convertidos en asientos de acogedoras sillas de enea nos ofrecen asiento para el cerebro tan creador de distorsiones reales como culo que expele miedos y ansias. Así también la ficción de la imaginación que con datos de la experiencia crea nuevos mundos, situaciones y personajes, nos saca del pajizo y engorroso vivir y nos permite un hueco por el que contemplar todas las vidas, todas las edades, lugares y épocas.

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Un consejo

Otto Greiner - Prometheus (National Gallery of Canada)

- Cierto que Edipo improvisa: sólo toma decisiones de última hora sin plan pergeñado ni finalidad concreta. Fue mi antepasado Crono quien inauguró la tradición al tomar la precaución de castrar a su padre Urano y, usurpando su poder, alzarse en su trono. Apoltronado quiso precaverse a su vez tragándose a sus hijos a medida que nacían, pero fue engañado y Zeus creció oculto y cuando tuvo poder obligó a Crono a vomitar a sus hermanos: de ellos recibió suficiente apoyo para alzarse sobre el Olimpo y los titanes.

Un gran suspiro interrumpe el soliloquio de Prometeo.

- Yo dejé pasar mi tiempo: ni maté a mi padre ni derroqué a mi dinastía. Pero creé a mis conspiradores que sufriendo y muriendo han conseguido expulsarlos a todos con las armas republicanas de la lógica y la razón.

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La irreal realidad

A la mayoría le gusta la primavera y el verano por el buen tiempo, el calorcito, la playa y todo eso; otros escogen el invierno por la Navidad y los carnavales. Sin embargo, señores, estamos en otoño así que levántense del sofá a eso de las seis y media de la tarde y vénganse a la playa de Los Lances a aplaudir como los modernos en Ibiza o en Santorini, porque a cada atardecer vuelve a incendiarse el poniente sin llamas, chispas, ni crepitaciones, sólo con el peligro de una belleza que permite que, por muy contemplada, la siguiente ocasión sea de nuevo la primera -y pocas circunstancias se pueden repetir como la primera vez, recapacitemos. Será el frío viento del norte y la limpieza de la atmósfera y, quizá, también ayudará la bondad con la que soplan tanto poniente como levante: esta foto parece retocada con la magia del “photoshop” o del “HDR” o sacada de los pinceles de algún pintor impresionista y no es así, sino que fue tomada con un móvil cuya función de toma de fotografías no es precisamente extraordinaria. Por eso esta realidad parece irreal porque ya la suponemos más virtual que verdadera.

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Vanidades en chamusquina

Jon Smith - Bonfire (Flickr)

En la edición, digital, de un periódico nacional (si no indico su nombre no es por no publicitarlo, sino porque más allá del diseño todos parecen el mismo, obviando partidismos más o menos descarados) que estoy leyendo por tal de matar el hastío y la decepción, me encuentro casi seguidos estos titulares: “Berlusconi apuesta por elecciones en febrero y descarta presentarse”, “El viaje ruso a Marte tendrá que esperar”, “El juez sostiene que Urdangarin “se apoderó” de dinero público” y “Famosos a codazos por el Versace para H&M”.

Ciertamente, las vanidades de las que habló Tom Wolfe en los ochenta no sólo han acabado en la hoguera, sino que se han chamuscado y están “retetinás”, pero no como efecto de ninguna ola censora como la que impulsó al mismo Botticcelli a arrojar al fuego algunas de sus obras convencido u obligado por Savonarola, ni por complicaciones éticas y de índole criminal como las de Tom Hanks en la versión cinematográfica de la obra citada de Wolfe, no, estas (esas) vanidades son ceniza por colapso de aquello mismo que las fue alimentando durante el siglo pasado: la codicia, la acumulación de dinero y riqueza con el único fin de demostrar vanamente su posesión pero con unas bases de barro que han acabado tan derretidas como el glacial y férreo hielo soviético.

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Simple infatuación

badjonni - Australiana sewer covers (Flickr)

Imaginemos un juego de dominó donde las fichas no llevasen puntos sino palabras y que la semejanza que une a fichas distintas se logra gracias a la semántica, a la relación entre términos homónimos, homófonos o sinónimos. La ficha “cloaca”, como sitio por donde circulan aguas pestilentes o que es nauseabundo en sí, y la otra “cloaca”, la referida a la parte final del aparato digestivo de cierto animales como la gallina, se jugarían alternativamente yendo juntos sus lados.

En zoología hemos querido darle diferente nombre a una misma parte corporal para animales que consideramos diferentes, unos superiores a otros, por ello aunque los humanos tengamos ano como el resto de los mamíferos no tenemos patas sino piernas.

DangerRanger - Sewer Tour (Flickr)

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Caramelos envenenados

Tamara de Lempicka - Adán y Eva (Tomada de tamaradelempickaartemisia.blogspot.com)

¡Hay que ver lo que me quiere mi banco! Me quiere tanto, tanto, que me ha concedido un préstamo; bueno, según su terminología, me lo han “preconcedido”, es decir, que no me han dado el dinero pero está a mi disposición para cuando lo “reclame”. Lo curioso de este caso es que, para este dinero en concreto, ni se me piden avales ni se investiga más mi situación económica (aunque de sobra el banco sepa mejor que yo cómo están mis finanzas, nunca está de más asegurarse de que alguien va a responder ante un posible impago), pero es que tampoco les interesa saber en qué lo voy a invertir y/o derrochar, como si les exijo el montante del préstamo en billetes de 5 euros para convertirlo en confeti para los carnavales. Lo que de verdad me deja intranquilo hasta la más tenebrosa sospecha es que yo, en ningún momento, he pedido ese préstamo, pues ahora mismo ni lo necesito ni espero que me haga falta. ¿De dónde pues tanta generosidad por parte de mi banco?

Estudiemos tranquilamente el asunto: yo debo de ser un buen cliente de mi banco en la medida en que pago mi hipoteca (como la mayoría de ustedes con el interés al que me vi obligado a firmar, que yo no soy nadie -no tengo nada- para negociar un interés mejor para mi bolsillo, como en cambio otros sí pueden) y que el poco dinero que tengo y que consigo ahorrar lo maneja mi banco; por eso me ofrece este préstamo, porque lo más probable -mi historial con el banco así lo indica- es que yo no deje de pagar. Además, como mucho, me prestarían diez mil euros, una gran cifra para mí pero una nimiedad en el caso de esta gran empresa, por lo que un impago que a mí me complicaría especial y horriblemente la vida para ellos es una simple pérdida equilibrada con otros negocios.

¿Qué pretende entonces mi banco apostando ese préstamo a mi capacidad de devolución? ¿Acaso intuye -antes de que yo me lo plantee, lo que lógicamente es imposible- que lo voy a emplear en algún negocio que terminará redundando para bien en mis finanzas y, por extensión, en las de mi banco y, aunque poco parezca importar, en las de mi comunidad? Pues no, porque con diez mil euros difícilmente se emprende algo con futuro, y menos en la actualidad y en las circunstancias que nos han sobrevenido; así que este préstamo debe ser de esos que llaman “al consumo” (como si los demás no lo fueran también) y diez mil euros vienen muy bien para renovar el coche o cambiar de plasma o de portátil, o para gastárselo en caipiriñas en Punta Cana o en Punta Umbría, es decir, para darse un gustazo como anestesia antes de los dolores de devolución más pago de intereses, que ascienden al 10%, punto arriba, punto abajo.

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Ser una asimetría simétrica

Italian 1 euro coin - Laura Cretara (tomada de Wikipedia)

Dicen que somos asimétricos por naturaleza -un brazo es más corto que el otro, un ojo está más arriba que su compañero…- y también explican que cuanto más simétrico es un rostro, más bello lo consideramos. Pues si quiere usted comprobar la primera afirmación, déjese bigote, que automáticamente podrá comprobar que la segunda también es cierta.

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20 de Octubre de 2011

bioxid - Avatar Eta No (Flickr)

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Septiembre no falla

Javier Antón Ruiz - Una calle de París

Ha llegado y por fin ha derrocado a Agosto y a sus opresivos calor y ruido, abatiéndose desde el poniente con un viento fresco y olores que recuerdan los de la tierra mojada y la comida caliente, de los libros a estrenar y las gomas MILAN, de la ropa húmeda y la invasión de algas muriendo a la orilla de la mar.

Septiembre por fin ha puesto a cada uno en su lugar: ha sacado a la luz el oropel del estío que no es sino un hervor rápido a la naturaleza preparando los colores a punto de reventar.

Es el noveno y fue el séptimo, pero Septiembre se comporta como el primero, el que conduce y encauza, el que señala y da la bienvenida. Con él nacen muchos afanes y promesas y a ninguno le da tiempo a morir por inacción u olvido.

¡El otoño ya! ¿Pero por qué añorar un eterno sol, si estamos empeñados en el descubrimiento de la claridad divina, lejos de las gentes que mueren en las estaciones?

Arthur Rimbaud – “Adiós” de Una temporada en el infierno

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Pegajoso y dúctil

Étienne-Jules Marey - Chute du chat (expo-marey.com)

El tiempo chicloso es lo único que, aún con reservas, se puede decir que poseemos de verdad (o que nos posee a cada uno de verdad, lo que para el caso es lo mismo: estamos tan asociados a él como a nuestras ideas o a la piel). Se puede estar penando eterna y forzosamente, pero cabe la posibilidad de aplazar el tiempo de pesar o de aligerarlo mientras ocurre. Hay quien es capaz de suspenderlo y acogerse a una pausa para que aquello no le afecte, y conozco a quien sabe condensar esos malos momentos hasta casi hacerlos desaparecer.

Eadweard Muybridge - Woman walking downstairs (Wikimedia)

El tiempo es tan maleable que lo que ayer ocurría en quince minutos de reloj se puede demorar hoy, para su mejor saboreo, todo el rato que sea necesario, repitiéndolo, rebobinándolo, ralentizándolo, y en el recuerdo esa escena, ese momento, se reviste con la importancia de un tiempo sin fin, con el término que se nos antoje concederle, en el espacio infinito de cada una de nuestras existencias.

Es la sensación del tiempo la que no nos debe confundir, porque su paso sólo se puede calibrar en el presente pero con referencia en el ayer, y es su repetición a fuerza de venir e irse con hábitos que le concedemos y que esperamos sin ansiedad pero con previsión, por lo que nos figuramos que cada período o porción de él -semanas o años o décadas- cada vez se nos gasta con más celeridad.

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