3 Comments

  1. Leyendo nuestros diarios he encontrado un artículo para fanfarrones y petulantes de la intelectualidad.
    Os lo copio y pego:El ejemplo de Marsé.

    Eduardo Jordá.
    SE suele decir que leer libros nos hace mejores de lo que somos, pero eso no es del todo cierto. Stalin fue un lector omnívoro, y su fervor era tan gigantesco que el poeta Osip Mandelstam llegó a comentarle un día a su mujer: “Rusia es el único país del mundo que respeta la poesía. Aquí te matan por haber escrito un poema”. Y así le ocurrió al propio Mandelstam, que murió en un campo de concentración siberiano en diciembre de 1938.

    Hitler también fue otro lector insaciable. Leía novelas de indios y vaqueros de Karl May, que incluso recomendaba a sus generales durante la guerra, para que así aprendieran a actuar con intrepidez e imaginación, pero también leía a Shakespeare y a Cervantes, e incluso llegó a regalarle a su hermana, en 1908, un ejemplar del Quijote. Lo malo fue que también leía los folletos antisemitas de un antiguo monje cisterciense que había fundado una Nueva Orden Templaria en un castillo junto al Danubio. A Hitler no le quedó nada de la piedad de Cervantes ni de la grandeza de Shakespeare. Y en cambio, durante toda su vida fue un febril antisemita que soñaba con cruces gamadas y con una nueva orden de templarios que tuviera castillos a lo largo de todo el mundo.

    Digo todo esto porque a veces tendemos a mitificar la lectura. Los libros, por sí mismos, no ayudan a nadie a ser mejor persona, ni siquiera a ser más libre o más sabio. A veces suele ocurrir todo lo contrario, como les pasó a Hitler y a Stalin. Es más, el hecho de creerse cultos porque habían leído muchos libros les llevó a ser más fanáticos y más crueles. De algún modo, se sentían autorizados a hacer lo que hacían porque habían leído mucho y habían aprendido muchas cosas que los demás ignoraban. Pero éste fue el gran error de Hitler y Stalin: leían para aprender, no para disfrutar ni entretenerse, no para dudar de todo lo que habían leído hasta entonces. La belleza, la verdad, la grandeza del arte les importaba un pimiento. Sólo les interesaba encontrar en los libros una frase que les permitiera reafirmarse en los prejuicios que ya tenían.

    Por eso me alegra que el gran Juan Marsé, en su discurso de aceptación del Premio Cervantes, insistiera en la idea de que hay que leer para divertirse. Hitler y Stalin siempre tuvieron que vivir con el resentimiento de no haber sido “intelectuales”. Juan Marsé nunca sufrió este resquemor absurdo. Cuando era joven trabajó en un taller de joyería. Luego trabajó en París de mozo en un laboratorio. Todo lo que aprendió lo aprendió de sus amigos, o leyendo tan tranquilo en un rincón, pero por placer, por diversión, no para llegar a ser un “intelectual” cargado de ideas. Cada vez hay menos lectores, pero no serían tan pocos si los profesores de literatura siguieran el ejemplo de Juan Marsé.

    Saludos.

  2. Me parecen acertadas las palabras del señor Jordá. No obstante, no creo que afine mucho con su primera premisa, pues si lo de leer no nos hace mejores, tampoco es cierto lo contrario, que nos haga peores, pues la maldad de Hitler y de Stalin no subyacía en sus lecturas, sino en ellos mismos. Evidentemente no es lo mismo leer “Lolita” que el “Mein Kampf”, pero si un posible lector de ambos libros se convierte en racista no será únicamente achacable a su lectura del libro de Hitler, del mismo modo que si es un pederasta no será principalmente por leer a Nabokov.
    El ejemplo de Marsé es delicioso, sin embargo porque la literatura en primer lugar nos debe servir de deleite, no hay por qué rechazar la función didáctica que evidentemente también tiene.
    De nuevo: el querer ser intelectual o el atesorar conocimientos a través de la lectura tampoco, per se, es negativo. Lo que puede ser malo son las malas acciones que algunos lectores puedan llevar a cabo con esta excusa.

  3. Cómo decíamos ayer… Con esta frase comenzó Fray Luis de León su clase en la Universidad de Salamanca cuando volvió después de haber estado varios años en prisión a la que había llegado a parar tras la persecución a la que fue sometido por la Inquisición.

    Mi amigo Jordá, ya es casi amigo, tiene un verbo perfecto para aquellos pensamientos que tengo y como no hay nadie mejor que él para expresarlos. Aquí dejo su regalo para aquellos/as que se sienten tan realizados/as en la vida virtual.

    VIDAS PARALELAS

    Eduardo Jordá:

    CADA día recibo dos o tres invitaciones por correo electrónico para unirme a Facebook o a otras redes sociales. Las invitaciones me llegan de gente que conozco, aunque sea de forma muy vaga. Un amigo marroquí que vive en Ámsterdam, y al que hace veinte años que no veo, me pide agregarme a su grupo de amigos. Otro fotógrafo que recuerdo haber visto una vez, y durante muy poco tiempo, quiere conectarme a su página. Y alguien a quien vi cinco minutos, ya no recuerdo dónde, me pide con insistencia que pase a formar parte de sus seguidores en MySpace. También me llegan solicitudes de personas que no recuerdo de nada, pero que se supone que debería conocer: una tal Fanny, un tal Patxi, un tal Samuel. No tengo ni la más remota idea de quiénes puedan ser. Supongo que es gente que se aburre o que desea alardear de contactos y de amistades. Una página de Facebook con 300 “amigos” te permite sentirte orgulloso, aunque a muchos de esos “amigos” no los hayas visto en tu vida. En cambio, si sólo tienes 30 “amigos”, de una forma u otra te sientes un fracasado que debería tirarse por la ventana.

    ¿Tiene alguna ventaja estar en Facebook? Los amigos que tienen su página me enumeran las ventajas de pertenecer a una red social: puedes reencontrar antiguos compañeros de colegio, novias que creías olvidadas, amigos que se han ido a vivir a otra parte, lectores, admiradores (¡Dios santo, admiradores!). También me dicen que puedes encontrar el tipo de persona que más te gusta: la que tiene exactamente tus mismos gustos en música, en libros, en cine, en comida, o incluso en manías y en prejuicios. En vista de que me niego, estos amigos me insisten en que puedo mantener el anonimato: “Puedes usar un seudónimo y mandar una foto falsa”. Pero respondo que no, lo siento, no me interesa.

    Y eso que reconozco las ventajas de Facebook. Te permite llevar varias vidas paralelas sin moverte de tu casa, y mantener un romance apasionado con una mujer que crees hermosa y joven (aunque luego resulte ser un dependiente jubilado), o crearte una personalidad que no es la tuya y hacerte pasar por otro, siempre guapo y joven, por supuesto: un aventurero que ha cruzado la Antártida, o un alpinista que ha “coronado” seis “ocho mil”, por ejemplo. En plan más modesto, puedes hacerte pasar por un cocinero creativo, o un músico que ha tocado con Sonic Youth, aunque sea de telonero. Al fin y al cabo, no sabemos vivir sin fantasear, ni sin dejarnos engañar por algo (la patria, el amor, el arte, las ideas políticas). Y todos necesitamos vivir una doble vida que nos redima de la vida rutinaria que nos ha tocado.

    Supongo que eso explica el éxito de Facebook y de Twitter, pero no voy a apuntarme. De momento prefiero seguir como estoy. Aburrido que es uno.

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