Intereses privados a costa pública

ChiringuitoQue Tarifa sea ahora el paraíso que todos adoramos y donde muchos desean venir a disfrutar [Seguir leyendo en tarifaaldia], no es obstáculo para que en un futuro vuelva a ser ese sitio inhóspito que tan gráficamente apuntó en su visita del verano del 62 Alfonso Grosso en su «A poniente desde el Estrecho», obra de la que ya hice alusión alguna vez. Tan incapaces somos realmente de prever la climatología que de ahí, por ejemplo, la extrañeza por las granizadas de estos días en el país. No olvidemos tampoco que la naturaleza, siguiendo unos plazos con los que no podemos competir, termina consiguiendo recuperar el terreno perdido en nuestras manos a base de catástrofes o del cambio lento, pausado pero implacable, de las condiciones de habitabilidad, por eso, no es descabellado imaginar que en un futuro carezcamos de todo aquello que ahora atrae a nuestros visitantes.

En «Los anillos de Saturno» de W. G. Sebald se puede encontrar una magnífica descripción de la podredumbre de la vanidad humana ante esa fuerza inexorable de la naturaleza y ante las propias veleidades del ser humano: el hombre idea, crea y pergeña esperando sacar siempre un rédito inagotable a sus intereses, sin calibrar las consecuencias que ciertos proyectos pueden acarrear en el futuro y sin pararse a razonar si las justificaciones que ahora se esgrimen pueden ser mañana vanas e inútiles. El narrador de Sebald reflexiona sobre esto, al tiempo que nos invita a hacerlo, mientras pasea por la costa inglesa oriental observando las ruinas en que queda la ambición humana, así el palacio de Morton Peto o la ciudad de Dunwich.

Por todo esto y por la historia reciente de este país, es normal que los vecinos de Tarifa en su mayoría se pregunten cómo demonios se ha permitido la instalación del chiringuito entre Santa Catalina y la Playa Chica, construcción sólida donde las haya y de una rapidez constructora, paréntesis cautelar aparte, que ya quisiéramos para lo que verdaderamente importa. Siendo público el terreno donde se sustenta (porque lo es, ¿verdad?), ¿qué ganamos vecinos y visitantes con esta construcción: un lugar más idóneo donde contemplar la costa atlántica y unas formidables puestas de sol, la oportunidad de pagar un puñado de euros por unos gin-tonics? ¿Qué se mejora en ese sitio con esa construcción? ¿Qué nos aporta a los que nada tenemos que ver con ese negocio? Nada, es cierto, ya que la finalidad no es poner en valor, sino poner precio y sólo me viene a la mente la metedura de pata, allá por 2006, de los que iban a restaurar y vigorizar Santa Catalina y lo primero que hicieron fue abrir un chiringuito donde vender cerveza y mojitos frente a una vista incomparable: no, originales no somos ni una pizquita.

Entonces, ¿cómo ser optimista ante asuntos como éste?, porque del mismo modo que hace unos días comprobé con tristeza lo sucia que estaba la costa desde La Caleta hacia Barranco Hondo, donde no suele pasar mucha humanidad, ya veo dicho chiringuito terminado y abierto, sin que importe mucho la idoneidad y la lógica de su existencia y, también, contando como clientes a muchos de quienes se quejan de su construcción, porque una cosa es preocuparse por el medio ambiente y por el patrimonio común y otra no ser cool. Y si algún día las cosas no van como sus gestores pretenden, si el público o la meteorología no acompañan, esos cubos quedarán como un nuevo monumento tarifeño, otro que se unirá al catálogo de nuestro particular patrimonio urbanístico sin sentido.

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