Ex

RingK - Ex Manicomio Granzette (Flickr)

El diccionario de la Real Academia de la Lengua debe ser conciso y preciso como una fórmula matemática y estar articulado y estructurado como cualquier manual científico; no por ello deja de haber ciertas definiciones que constituyen por sí mismas un excelente cuento corto a la manera del dinosaurio de Monterroso o que no desmerecen en absoluto la sublimidad de algunos versos de Góngora o de Cernuda, pongamos por caso la voz “ex”: el DRAE explica que se utiliza para aquello “que fue y ha dejado de serlo” y pone como ejemplos “ex ministro” y “ex marido”. Cuando a ciertas características de alguien le precede este calificativo y pese a que éstas puedan ser implícitamente negativas, el mero hecho de dejar de ser así (no continuar siendo algo no implica necesariamente ser otra cosa) parece restar a esa persona algo significativo, como si dejara de tener algo con cierto valor: ¿es mejor dejar de ser algo o continuar siéndolo por mucho que nos pese o aunque serlo nos provoque rechazo? En esta sociedad consumista y donde tantas veces se es según lo que se posea, quizá sobre la respuesta. 

Algunas actividades humanas impiden convertirse en ex; por ejemplo, nunca se deja de ser hijo, por mucho que uno quede huérfano o tenga a su vez hijos propios: por eso nadie puede ser ex hijo o ex padre. Ídem con ciertos tipos de criminales, porque una vez que uno ha matado a alguien ya no se deja de ser asesino u homicida. E igual ocurre en ciertas profesiones para determinadas personas que las han ejercido: de los maestros o profesores por cuyas lecciones pasamos en nuestra vida académica, a algunos, pese a que se jubilen y sepamos que pasan su tiempo libre cultivando hortalizas o visitando mundo, los seguiremos llamando, pese a quien pese y ocurra lo que sea, de maestros o de profesores. También –y acaso por la peculiar aura, artística y casi de suicida, de la que se impregnan quienes se dedican a ello- los toreros, por muchas veces que se corten la coleta o achaques tengan encima o aunque su traje de luces tenga casi todas las bombillas fundidas, nunca dejan de ser considerados así, llamándoseles maestros con un respeto que, desgraciadamente, parecen haber perdido los de los colegios.

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