“Tu rostro ayer”

A poco de empezar la lectura de la nueva novela de Javier Marías, Los enamoramientos, uno puede creer intuir que la narración se va a basar en la relación del personaje al que nunca leemos vivo, Miguel Desvern, con Luisa su mujer; a este error contribuye la foto de la portada del  libro, de Elliot Erwitt, pues fácilmente se relaciona a la mujer reflejada en el espejo con Luisa, que con los ojos cerrados alegremente recibe una caricia o un beso del hombre que junto a ella aparece al sesgo, personaje que nos está vetado a la vista como el Desvern de la novela que únicamente aparece rememorado por María o, moribundo pero igualmente tapado, en la foto del periódico donde se lee la noticia de su asesinato.

Nationaal Archief - Plastic sneeuwstormbeschermer (Flickr)

Y claro que no es así: todo aquel que conozca algo la trayectoria literaria o articulista de Marías, o que haya leído alguna entrevista de las que, cada vez con más frecuencia, le solicitan y concede, no puede imaginar a un personaje de Marías haciendo una digresión sobre lo que padece por culpa del ser amado o lo que disfruta gracias a él. Y es que verdaderamente el enamoramiento, el torpor del que está obnubilado por el amor, puede ser un asunto sumamente aburrido y que quien no padece o disfruta de algún tipo de enamoramiento, quien no conoce este tipo de estado o ya no le sorprende, difícilmente puede sentir empatía.

Los enamoramientos tiene unos protagonistas que son sombras, mero decorado de lo que le acontece a María, que es un personaje circunstancial y cuya historia es meramente accesoria pero necesaria en cuanto narradora. María nos la cuenta desde un “tu rostro hoy”, desde un presente detenido por unos sucesos muy dolorosos que se mantendrá hasta que Luisa consiga un futuro fuera de Miguel. La narradora está a merced de la existencia de Luisa pues, sin rubor, nos hace saber que su vida es tan anodina que la presencia tangencial de una pareja entrevista en la mesa de al lado en la cafetería es suficiente para concederse algo de aliciente ante la cotidianeidad. ¿Acaso no es lo mismo que nos sucede a todos? ¿No es por eso por lo que se creó la literatura -y el cine y el turismo-, para vivir de otro modo aunque sea vicaria o momentáneamente pero concediéndose algo de aventura, misterio o exotismo?

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