Ahogamientos

ecstaticist - Drowning (Flickr)

Bucear hacia las profundidades, nadar adentrándonos en la mar -elemento que empieza a sernos extraño en el momento mismo de nacer y romper a respirar y a llorar quizá por dejar atrás el bienestar del amnios- por buscar la maravilla en todo aquello que nos es ajeno y que nos puede emocionar o asustar es tarea de todo aquel que viene a este mundo. De cada uno de nosotros depende a qué profundidad estemos dispuestos a bajar,  o hasta qué distancia nos vamos a separar de la costa a la conquista de un horizonte que nunca se alcanza, haciéndonos cada vez más opacos para quien nos esperare u observare desde la superficie, o difuminándonos en el horizonte a los ojos de los demás.

Bien es cierto que es fácil creer que a mayor hondura o distancia es también mayor la experiencia, pero ni la profundidad ni la lejanía implican abarcadura y de su comprensión sólo es responsable cada cual y sus capacidades, por tanto la novedad en una dirección es la pérdida en otros ámbitos: pensar en esto es como, deseando leer todos los libros del mundo, gastar tiempo decidiendo por dónde empezar y el orden a seguir.

La más provechosa carga de profundidad que podríamos lanzar sería aquella que se quebrara sobre el conocido territorio de nuestra vida vivida (perdón por la cacofonía que no pleonasmo), reventándola en fragmentos sanguinolentos de memoria y sentimientos que nos permitan revisarla y, con análisis o síntesis, lo mismo da, descifrarla o tergiversarla, también da lo mismo, pero en cualquier caso volverla a vivir, haciendo del pasado un futuro que por sabido no tiene por qué no ser sorpresivo; que la memoria sea un déjà-vu reflexivo en un intento de demostrar la falsedad de la linealidad del tiempo.

Coetzee se revive en Infancia y Juventud tomando la broma de la tercera persona: especulando sobre su vida pasada como si hubiera sido de otro, viéndola desde la atalaya del narrador omnisciente al que se le ve redundando y rascando (los dedos del apostol Tomás hurgando en la llaga de Cristo) en lo que le interesa y dejando pasar muchas cosas de soslayo, bien porque estén implícitas (aunque sólo para él), bien por vergüenza (muy presente en la narración: explícita en Infancia tal vez porque a un niño avergonzado sólo le queda confesar que es así como se siente, -las fijaciones tempranas no son reiteración sino diversos modos de atacar una misma cosa-, y de modo tácito en su juventud londinense, pues su conducta es en gran medida producto de esto) o bien por asfixia o extrema congoja de varios de sus intentos de ser. Cómico y valiente ejercicio de conocerse y mostrarse, ahora sin prejuicios, rubor ni perjuicio, como el baile de Thom Yorke cuyo rostro podría pasar más por el de Coetzee cuarentón que el verdadero que tuvo el escritor:


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