Alunizando en la austeridad

NASA on The Commons - Buzz Aldrin on the Moon (Flickr)

Sobre El Palacio de la Luna, nada mejor que las palabras de Manuel Rodríguez Rivero en El País sobre su experiencia como lector de Paul Auster:

«Siempre me pasa. Compro o recibo “el Auster” anual (esta vez Sunset Park, Anagrama) y me secuestro a mí mismo a cal y canto hasta pasar la última página. Es mi vicio, mi compulsión, mi pecado, mi indulgencia.»

Yo no sé verlo de otro modo. Seguramente habrá lectores a los que desagrade la novelística de Auster, pero juraría que sus lectores fieles se ven en la exigencia no de comprar y almacenar sus libros sino que, una vez empezada la lectura de uno de ellos, de no parar de leer -con mucha rapidez, aunque por el camino se pierda datos que después sean necesarios-, irresistiblemente atraídos e hipnotizados por una trama verosímilmente azarosa y que, ante la verificación de que la obra está llegando a su final, intentan sin perder el ritmo no leer demasiado deprisa para que aquello no acabe:

«No es que me ciegue ante sus carencias (a menudo la pifia hacia el final) y no me cansen a veces sus trucos de prestidigitador posmoderno y metanovelístico, pero me sigue subyugando el torrente narrativo al que me arrastra, esos personajes perfectamente dibujados y familiares que, sin embargo, guardan ominosos secretos y culpas, ese apego profundo al realismo que, por otra parte, le sirve para hipnotizar al lector e introducirlo más fácilmente en los pliegues y fisuras de lo aparente.»

Smithsonian Institution - Corona of the Sun during a Solar Eclipse (Flickr)

Con este último, después de unas cuantas lecturas insípidas y finalizadas por obligación, retomé el anhelado gusto por la lectura, por aquellas tramas y palabras que invitan al lector a sumergirse en el libro siendo un personaje sin papel, un narrador omnisciente que no relata nada, que bucea feliz entre sus renglones como acunado en el vientre materno, a salvo y olvidado de los problemas triviales, habituales y agobiantes que a todos nos circun(ci)dan. Gracias a El Palacio de la Luna, recobré el placer por buscar, encontrar y disfrutar lecturas más o menos densas, más o menos sustanciales, que me ayuden a lograr una evasión que cada vez es más utópica y etérea, y por la que en ocasiones creo perder la fe. No me preocupo: ya tengo encargado Sunset Park.

«Adoro a Auster como se adoran esos objetos transicionales que sirven a niños y a enamorados infelices para tomar aliento y marcharse (o regresar) a otra cosa: a Proust, por ejemplo, o a Balzac, o a Flaubert, de los que tanto aprendió el elegante y austero Auster, el más francés de los escritores norteamericanos de hoy.»

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