Juegos literarios

Los juegos o guiños literarios, como toda innovación literaria que se repite generación tras generación clamando por la originalidad, no son flor de hoy, sino que al igual que los temas eternos del arte -belleza, amor y su contrario (desamor u odio), pasión y desidia, azules y sonatas- es la forma de afrontarlos lo que le consigue nuevo brillo o les hace apestar a manido, a déjà vu que no sorprende, y por ello aburren.

Daniel Rocal - Cervantes sentado (Flickr)

Así, la inclusión de Cide Hamete Benengeli como autor ficticio del Quijote, parece formar parte de un simple pasatiempo en el que se deleita Cervantes, sin que el sustantivo “pasatiempo” carezca de ningún matiz artístico ni genial que ya le proporciona el simple hecho de surgir de quien lo hace, además de llevar todas las connotaciones metaliterarias que pueda tener, tal y como presenta el estudio de Jesús G. Maestro de la Universidad de Vigo. Y es que no puedo evitar creer, envidiándolo por otra parte sanamente, que Cervantes se divirtió mucho escribiendo El ingenioso hidalgo…

Siguiendo con los entretenimientos literarios, reinar en Redonda también le ha debido de producir satisfacciones ociosas a Javier Marías, pues crear todo un universo en torno a este reino literario estoy convencido de que es tan satisfactorio como imaginarle una historia a Víctor Francés o a Jacques Deza, además de arduo, seguro.

La segunda novela de Casas Ros se llama Enigma, y el mismo autor ya en la primera se mostró del mismo modo: esotérico y a cubierto de la sociedad en general y de los círculos literarios en concreto. El juego literario de Casas Ros parece empezar en El teorema de Almodóvar que presenta como una autobiografía novelada en la que, para conseguir verosimilitud (o más bien todo lo contrario: ese es el quid del juego), aparece el director de cine Pedro Almodóvar al que ha encontrado en su realidad y que quedando plasmado en la novela ha sido transvasado al terreno de la ficción.

Enigma parece surgir como un entretenimiento literario de algún joven idealista y ácrata, que usa la literatura para erradicarla y verter cal viva sobre el suelo abonado de academicismo, no temiendo despeñarse él mismo en su intento. Enigma es metaliteratura en práctica que no duda en apropiarse de personajes clásicos para un uso privado al tiempo que cuestiona las obras de las que salen (en concreto sus finales), pero que termina enredado en su propia trampa cometiendo los mismos excesos que acaso no sean errores como quiere hacernos creer. Ciertamente el autor crea un laberinto donde antes de internarse ha tapiado la salida, pero se complace en ello. Es el, por ahora, penúltimo capítulo en esa fuga o despiste al que juega Enrique Casas Ros, personaje él también por partida doble en la novela.

Javier Antón - En la plaza de Kafka

Disfruté Enigma durante un reciente viaje y estancia en Praga donde además de Pilsner Urquell perseguí la sombra icónica de Kafka que sabe que es un genio mientras agonizante pide a su amigo Max Brod que destruya toda su obra.

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