Sin fiel que indique el equilibrio


Javier Antón - Variaciones sobre Man Ray

La última entrada, cita sobre cita, fue una noticia del libro de relatos de Eduardo Mendoza, que quiso coincidir con la concesión del Planeta. El libro lo había leído hace unos meses, a mediados del invierno pasado, y no lo había incluido en Falsa memoria como tampoco lo había hecho con ningún otro ya leído porque comencé La noche de los tiempos, cuya lectura, saboreo y elección de citas me había dejado exhausto en el mejor sentido de la palabra, si es que lo tiene; de hecho, he seguido leyendo después del de Muñoz Molina y no era capaz de sumergirme entre otros renglones por muy variados que fueran mis conatos de encontrar algo sorpresivo, en cuanto a trama, descripción, perspectivas narrativas,…, hasta que unos días atrás retorné a Paul Auster.

Los relatos de Tres vidas de santos son muy diferentes entre sí aunque distintivamente producto de Mendoza: su redacción, fecha de creación, ambientación, argumento y personajes son reflejo de su dualidad novelística cómico-seria, siendo el primero, “La ballena”, una narración cómico-irónica al estilo de El misterio… donde la ambientación, la sencilla pero rica descripción del contexto donde se desarrolla la trama, es apoyo básico del humorismo del autor, que sí está reñido con la situación, pues aunque su humor sea universal surge de una mirada particular sobre unos usos y costumbres ya extinguidos y cuya incongruencia actual la aprovecha Mendoza para construir situaciones que no pueden ser leídas sin que provoquen la sonrisa. En su descripción de una Barcelona gris y triste, acogotada por el franquismo y el nacional-catolicismo, y en contraposición con la bulliciosa, violenta y diversa de La verdad…, lo inaudito o extraño forman las claves del relato y lo articulan dotándole del interés en seguir leyendo, así la aparición del obispo centroamericano, o las de la coca-cola o la exposición del cadáver del cetáceo.

El segundo relato, “El final de Dubslav”, fue el que más impacto me causó. Sigo sin encajar que uno de los escritores que más me ha hecho reír (El misterio de la cripta embrujada, Sin noticias de Gurb, El asombroso viaje de Pomponio Flato) sea también quien ha escrito la narración más triste que he leído nunca, de una tristeza que tras una primera lectura me sumió en uno de mis grandes períodos apáticos en relación con la literatura, con el mero hecho de leer, y todo a causa de lo intensamente que se destilaba una triste desidia en el relato, no porque su autor estuviese hondamente depresivo al redactarlo (¡quién sabe!), sino porque parecía haber puesto todo su empeño en transmitir una desolación que iba más allá de la literatura, como si todo fuese obra de un enorme sentimiento nihilista que no tiene nada que ver con la filosofía ni la intelectualidad, sino directamente con la vida en fresco, en directo, con el impulso de dejar de luchar, empujar y trabajar porque a esto se le concede la misma importancia que a todo lo contrario.

De hecho, en su momento y después de terminar este segundo relato, continué con el tercero y último, del que recuerdo la trama pero poco más.

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