Cuando se es el otro

The U.S. National Archives - The Park Service Is Cutting Down... (Flickr)

Aquél que está enfrente, por muy cercano que le estimemos, por muy amante, hijo o progenitor que le sepamos, es un completo desconocido, es la tierra que continúa ignota a nuestro lado mientras cruzamos la jungla salvaje por la senda ya pavimentada gracias al tiempo que cada uno lleva soportándose y a la habitualidad que evita que nos demos asco. La intimidad nos lleva a creer que sí sabemos quién es el otro, cómo va a actuar con nosotros en la circunstancia que sea; pero de pronto le descubrimos cuando no se cree observado, y quién sabe si no nos aterrará o repugnará lo que veamos.

Así, es común encontrarse de pronto desamparado porque el mapa con el que nos guiábamos, tan bien conocido, ha perdido sus coordenadas y nos encontramos en medio del mar, sin tierra a la vista ni astros que nos orienten. Y podemos quedarnos ausentes, medio minuto o eternamente, de lo que nos rodea y de nosotros mismos porque no sabemos cómo actuar ante aquello que se nos antoja inesperado y que simplemente no supimos o pudimos advertir. Cierto es que la mayor parte de las veces nos recomponemos y trabajamos por aprehender lo nuevo o contra ello, pero sin seguir quietos porque la incomodidad nos obliga a proceder.

The U.S. National Archives - Subway Car (Flickr)

Pero un buen día, tras enjuagarnos la cara y secar las gotas del sueño de la mente, examinamos el rostro que se va despertando en el espejo, y es sólo una duda, una imagen del sueño que es está evaporando, o una sensación física o premonitoria que está empezando a brotar, lo que despierta nuestra sorpresa hacia nosotros mismos. No nos sabíamos así, no nos figurábamos conduciéndonos de ese modo, suicida y sin respeto, y ésa es la auténtica pérdida: uno mismo como otro, con el sobresalto del desconocimiento propio y, por tanto, del miedo a uno, a no poder predecirse. Ignacio Abel se vio de pronto infiel sin aventura, cobardica ante la desazón de no poder anticipar nada ni a nadie, desconfiado de todo, de cualquiera y de sí mismo. Y no le quedó otra que huir.

Unos se ven obligados, aunque para otros sea una fortuna, a huir físicamente. La mayoría escapa mentalmente, intercalando fantasía en su habitualidad u organizándose un horario donde algo parecido a la aventura, una odisea humilde y propia, le sirva de descanso para el pensamiento, de visión de un desierto donde ocres y rojizos relajen las ideas y se vea posible parirse renovado.

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