Atados por el pasado

Jambuling - Decapitado... (Flickr)

Llega un momento en la vida de cada cual donde el futuro deja de ser un anhelo porque sin que se haya notado ya nos ha sobrepasado y en el horizonte siquiera se logra entrever lo mismo que sucede en el presente pero con más canas. El presente también ha dejado de ser objeto de atención porque, para bien o para mal, ya constituye solamente una parcela de existencia que se agota al momento mismo de su uso y donde la novedad y la sorpresa son campos yermos.

Es entonces cuando (no siempre ocurre para todo el mundo y, si lo hace, no es de modo unívoco ni resultado de fórmula universal alguna) el pasado empieza a atenazar y, corporeizándose con ayuda de la bruma que cada cual se va creando en derredor, se vuelve a hacer tan presente como cuando constituía eso mismo para cada uno. De este modo se puede volver a vivir todo lo pasado pero con otro tempo y perspectiva: la propia vida gastada se puede analizar, cuantificar, sopesar, y toda esa disección lleva aparejada la recuperación de sensaciones y, por tanto, de gustos y de sinsabores.

Kylix lacónica con Prometeo y Atlas - Museos Vaticanos (Imagen tomada de theoi.com)

El momento para Prometeo llegó cuando se acostumbró a que el águila fuese todos los días a roerle un poco el hígado -gracias al hábito se acomodó de algún modo al dolor que le arrancaba aquel pico-, pues entonces pudo entenderse y convencerse de que su robo, por el que ahora sufría ese castigo, había estado bien, había sido justo para con sus semejantes (aunque después de su osadía y su suplicio los hombres de la Hélade se le asemejaban algo menos, pues Prometeo había ganado sabiduría y vivencias que nadie podía igualar, y desde entonces fue recordado no como hombre, ni como a uno de esos dioses a los que engañó, sino como Titán), ya que les había indicado el camino a seguir para dejar de ser peones dispuestos al sacrificio y erigirse todos a la vez en héroes cuyo esfuerzo los salpicase de éxitos en conjunto.

A la mayoría, en cambio, es lo cotidiano lo que les desgarra jirones de vísceras ensangrentadas: su bienestar y placidez les conduce al aburrimiento existencial, luego empiezan a preguntarse cuál ha sido el camino que les ha encauzado hacia ese presente tedioso y, acaso, no encuentren persona o situación a la que culpabilizar; entonces el futuro, por triste y limitado que se vislumbre, es la única salida en apariencia, por mucho que haya que retorcerlo para que se modifique tal y como se precisa. La transformación completa de alguna de las facetas que sustenta cada vida -amores, trabajo, ocio, espiritualidad- puede dar la impresión no sólo de que uno es el verdadero timonel de su navío, sino además de que el viento de pronto ha cambiado de rumbo.

Para Fritz Zorn ese momento le asaltó el día que se sintió un bulto en el cuello y, junto con el cáncer y también gracias a él como confiesa, comprendió que toda su vida había sido un desperdicio, que le habían enseñado a no vivirla, a dejarla pasar al lado para no tener que sufrir ni que elegir y por tanto tampoco decidir y fallar. Su testamento, y también expiación y venganza, fue confiar a la imprenta sus reflexiones de enfermo de cáncer y de depresión terminal.

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