Llámate a…

State Library and Archives of Florida - Dog barking into the telephone (Flickr)

Estaba esperando a que saliese la Nueva gramática de la lengua española para comprobar que este uso reflexivo del verbo “llamar” no sólo no está registrado y aceptado por la RAE, sino que ni tan solo hace mención de él, pero ya con el nuevo manual en la calle sé que mi espera ha sido vana y ociosa porque la simple lógica ya está de mi parte.

Sin embargo es un uso difícil de abandonar por quien lo utiliza ya que, al igual que otras coletillas que encasillan al usuario en un determinado tipo social (recuérdese el “o sea” tan frecuente en las expresiones de los pijos), este “llámate a…” sólo lo pronuncia un jefe hacia un subordinado, nunca se da entre amigos, familiares, amantes o desconocidos, amén de que su uso verbal se limita al imperativo, que es el modo preferido de los jefes y el único acatado por sus subordinados, porque tanto delito tiene quien cree que el único modo de tratar a los empleados es con la actitud de un sargento chusquero, como el trabajador que cobra un salario pero cuyo principal empeño durante su jornada laboral es evitar trabajos, responsabilidades y problemas como un recluta al que han obligado a realizar una función que ni ha escogido ni entiende.

Y yo me digo: “Pero tontolaba, ¿quién te crees que eres tú, que no tienes decisión ni para escoger los calzoncillos diarios, que la única responsabilidad que admites en tu vida es la de cómo dejarte el bigote cada vez que te afeitas? ¿cómo osas criticar ordenes de tal calibre que lo que verdaderamente revelan es la perspicacia de los jefes y otros mandos a la hora de decidir con quien se tiene que poner en contacto el subordinado para que el problema se solucione? ¿Acaso pretendes que el precioso y delicado tiempo empresarial se malgaste y desgaste en asfaltar el camino del trabajador cuando éste lo que hace es empujar un carrillo de mano? ¿Dónde quedarían, pues, las macroeconomías, las especulaciones y esas decisiones de importancia ya no vital sino letal?”

Algunos, por muy denodados que actúen, no saben ni gritar y el que nace con estrella, sólo necesita dos pasos para cautivarnos:

¡Váyase con los zancos a otra parte, pendejo, que ya el niño le robó sus minutos de fama!

5 Comments

  1. Al estar tan hermanados los Blogs de” Falsa memoria” y “ Casa Felina “, considero qué es igual colocar este artículo de Carmen Rigalt, en uno u otro Blog.

    CARMEN RIGALT

    NOSOTROS, LOS GATOS 14.01.2010

    SEGÚN algunos estudiosos que no somos ni usted ni yo, la comunicación entre el hombre y los animales va a peor. El motivo, me ha parecido entender, es que los animales no están realizando las funciones para las que fueron creados (rastreo, caza, presa y todas esas cosas). Los perros se han convertido en señoritas de compañía y los gatos, en figuras de porcelana para decorar una ventana con visillos.
    No sé si los animales han nacido para tener amo, pero en mi casa parece lo contrario. Nosotros somos las mascotas de nuestros animales. Ellos ocupan los sofás y comen el jamón, se cagan en nuestras plantas y consultan la pantalla de nuestro ordenata. Estoy pensando en Úrsula, mi gata, a la que hace meses rescatamos del arroyo para ponerla encima de un edredón.
    El día de la nevada, Úrsula se alzó con el protagonismo. Como hacíamos cuando los niños eran pequeños y corríamos a despertarlos para que vieran el paisaje blanco, el otro día la despertamos a ella. Se quedó flaseada. Fue un comportamiento de documental. Tras unos instantes de estupor, Úrsula se sentó sobre los cuartos traseros y levantó las patas de delante, dejándolas en suspenso como una ardilla. Que yo sepa, Úrsula no tiene ningún pariente ardilla ni conejo, así que el gesto era de su cosecha.
    Ya habíamos detectado en ella algunas pecularidades, como su forma de dormir (boca arriba y despatarrada), más propia de un adolescente haragán que de un felino desconfiado, pero eso era nuevo. Úrsula nació gata, aunque podía haber nacido oso hormiguero o princesita de Mónaco.
    La nieve trae siempre un pequeño cuento de Navidad. Ya sé que no toca hablar de Navidad, pero mi gata y yo todavía estamos bajo los efectos de la nieve. Soy de esas personas que miran la nieve con el mismo arrobo con que los americanos miran la Alhambra. El día de la nevada yo andaba de bureo y volví a casa andando.
    Andar no me gusta (en cuanto doy tres pasos empiezo a soñar obsesivamente con las zapatillas de pompones de Carmen Sevilla), pero ese día sufrí una transmutación. Más que andar, levitaba. La luz era como de tres lunas llenas y la quietud se podía tocar con los dedos de los guantes. Por la calle vi pequeñas brigadas de jóvenes que ayudaban a recatar automóviles de entre los setos y policías que parecían recién salidos de un calendario de bomberos.
    En casa encontré a Úrsula, que había tomado posesión de la tele. Siguiendo mi costumbre, yo me quedé en el jardín afilándome las uñas en los árboles.

  2. Gracias por dejarnos las palabras de la señora Rigalt, Juan Carlos.
    Me interesa mucho el problema de la identidad que plantea al principio: ¿cómo debe actuar un gato para no dejar de ser lo que es? ¿Es menos gato el doméstico que el asilvestrado?. Son las mismas cuestiones que nos preguntamos sobre nosotros: ¿quién representa mejor al ser humano: un individuo de una tribu amazónica que no conoce el fuego, o un licenciado en física cuántica que se prepara para viajar al espacio?
    También Carmen Rigalt sabe redondear su artículo y dejarnos su respuesta con la imagen de ella afilando sus uñas mientras la gata Úrsula usa el mando de la tele.
    Saludos.

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