Budapest: ¡Allá vamos, aquincenses!

Javier Antón Ruiz - Tarjeta de embarque

Ángela me dijo que así era este gentilicio, aquincense, y serán muy pocos los de allí que sepan que en español se les puede llamar así, pues ellos se dirán budapesti o algo parecido.

Ya sabrán ustedes, y si no ahora se van a enterar, que viajar desde aquí, ya sea a Budapest, a San Sebastián o a Wellington puede venir a ser lo mismo, en tanto en cuanto lo más costoso y lento es salir de Tarifa, que en este caso más parece que vivamos en una aldea perdida del Amazonas que en un pueblo de la provincia de Cádiz. Así que lo primero que tuvimos que hacer fue irnos en coche a Algeciras para allí tomar el primer tren hacia Madrid desde donde iba a despegar el avión de compañía de bajo coste con dirección a Budapest.

Es cierto que este viaje en tren se acorta bastante gracias a los raíles del AVE por donde, a mitad de viaje, empieza a correr el Altaria. Así que, habiendo llegado con algo de tiempo libre a la estación de Atocha, quisimos ir a ver el monumento a los fallecidos en el 11-M. Por mi madre sabía que está del lado del Ministerio de Agricultura, así que nos dirigimos hacia allí y vimos una especie de cono truncado algo más allá de donde se accede a la estación de cercanías, pero por no malgastar los pasos decidimos preguntar y asegurarnos antes de nada.

Espero que a ningún turista recién llegado a la capital se le ocurra hacer lo mismo que nosotros pues la impresión que se iba a llevar de los madrileños iba a ser muy desagradable, a saber: dirigirse a un quiosco rojo de venta de helados que parece regentar un hombre ya mayor en busca de información, porque esto fue lo primero que obtuvimos nosotros cuando nos acercamos y le dijimos:

Hannibal Poenaru - Nasty cat ! (Flickr)
Hannibal Poenaru - Nasty cat ! (Flickr)

-Buenos días. Perdone, ¿podría decirnos…?

-No. -Mientras extendía la palma de su derecha como señal de stop y movía la cabeza prohibiéndonos continuar. ¡Qué pena de guardia de tráfico infrautilizado!-.

-Si sólo quería…

Y como respuesta lo mismo: la palma de la mano como barrera y el movimiento horizontal de cabeza, agravado ahora con los ojos cerrados del heladero, como si no fuésemos dignos de ser vistos por él, o tal vez por el fastidio que sentía por culpa nuestra. Podría ser que sólo estuviese bromeando, pero…

-No contesto a preguntas. -Ahora esto iba a ser una rueda de prensa donde el conferenciante no permite a los periodistas hacer su trabajo-.

Pero si ya estaba gastando más saliva y tiempo con su negativa que si nos hubiese respondido sin más, le dijo Ángela, y como quien en verdad desperdiciaba su tiempo éramos nosotros nos despedimos dando media vuelta:

-Vale, está bien. Muchas gracias por su amabilidad.

Estábamos alejándonos de aquel monumento a la simpatía cuando nos devolvió la despedida:

-¿Veis? ¡Y ni siquiera me compráis nada!

¡Amigo! ¡Haber empezado por ahí! Y es que la solución y la razón de todo se resume en el dinero, así que -aviso a navegantes y turistas despistados- si necesitan alguna información o ayuda y sólo tienen a mano a este tipo, muéstrenle primero una moneda y puede que, a modo de máquina expendedora (¡su tabaco, gracias!), se decida a responderles y quién sabe si serán ustedes capaces hasta de robarle una sonrisa. Y ahora viene a colación que les indique un enlace a un artículo de Rosa Montero.

En fin… Terminamos de agotar el tiempo antes de dirigirnos a Barajas paseándonos por el Jardín Botánico junto al Museo del Prado: bonito paseo y estupendo relax frente al tráfico y bullicio del exterior. Sólo habría que destacar que al irnos nos encontramos con las puertas de acceso abiertas para facilitar no se sabía si la entrada o la salida, y unas medidas de seguridad en el exterior que no las habíamos visto antes. Entonces apareció un autobús escoltado por motos de la policía y coches de algún servicio de seguridad; de él se bajaron unas siete u ocho personas y pudimos distinguir entre ellos al rey Gustavo de Suecia. Me dio tiempo a sacar la cámara de fotos y disparar, pero no subo la imagen porque sólo pillé al monarca por detrás y se tendrían ustedes que fiar de mí para reconocerle.

¿Creerán si les digo que no le hicieron pagar los dos euros de la entrada que sí, obviamente, habíamos entregado nosotros? ¡Qué amables son los poderosos entre sí! ¡Qué envidia!

¿Y esta entrada no la había pergeñado para hablar de mi viaje a Budapest? Pues va a tener que ser en otra ocasión porque ya estoy cansado y ustedes…, no quiero imaginar cómo estarán ustedes. ¡Protégenos del tedio, San Laurence Sterne bendito!

P.D.: Aquincense deriva de Aquincum, ciudad romana ubicada en la actual capital húngara.

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