Tras la jornada de trabajo

G e r m á n - .la hora de la siesta (Flickr)
G e r m á n - .la hora de la siesta (Flickr)

Hoy volví a casa del trabajo cansado como casi siempre y fastidiado por la visita de la alergia que me pilló a mediodía con las defensas bajas y con la ayuda del poniente larguillo. Comí y me rendí a la narcosis de la siesta frente al televisor.

Luego -lo mismo da que fuera media hora después que dos meses y medio, porque el sopor me impedía saber si estaba en el sofá echado o en una galera encadenado y azotado dejándome las fuerzas en el remo- me despertó una llamada telefónica de alguien que me ofrecía no sé qué -tal vez fuera una tarifa nueva de telefonía, o quizá una multimillonaria existencia a cambio del alma- y que terminé no sé de qué manera -por lo tanto, no sé si tengo contratada la tarifa super-mini-guay-plus “pay-all-the-time-all-your-money-to-me-fucking-bastard” o si el día que me muera le deberé algo a un tío con unas cuidadas uñas largas que pela un huevo cocido -véase El corazón del ángel, concretamente en 1:37 del trailer:

Algo más despejado y ya con la nariz más seca que un trozo de mojama abandonado sobre el radiador de mi coche que siempre pierde agua, subí a la azotea con la gata y con un libro buscando lo que no soy capaz de encontrar en el trabajo, a saber, ausencia de cualquier humano ansioso por golpearme escupiéndome con lo que le amarga la vida (la calor, el veraneo, la crisis, la familia, las vacaciones, los precios, lo que le roban en todos sitios y yo pretendiendo ser el último que le mete mano a la cartera antes de saltar al indigenismo exótico e inocente de África que todo occidental pretende siempre violar) y falta absoluta de prisa de cualquier clase por cualquier motivo.

Y he creído recordar, falsamente como mis memorias, que el año pasado me ocurrió igual y otros tantos atrás, aunque sin la presencia de la gata que todavía no había llegado; que ya desgraciadamente he pasado por los mismos sentimientos de cansancio y de repulsión a causa de la actitud de mis semejantes, de la desconfianza y de la codicia de los demás que ya ni me extrañan ni me repelen, sólo me hastían.

Así que, para lo que queda de día, he decidido quitarme veinte años de encima y volver a un tiempo donde ciertamente existían dudas y contrariedades, como también mucho menos dinero y bienes materiales, pero donde las horas se gastaban rastreando músicas, palabras y cuerpos. (Así redondeo la entrada con un tópico español que gusta mucho al extranjero: el binomio siesta-fiesta).

lumarla - Las luces de la fiesta ... (Flickr)
lumarla - Las luces de la fiesta ... (Flickr)

¡Que nos den a todos…!

P.S.: Los del G-8 han decidido hacer algo por lo del hambre en África: ¿Lo habrán decidido antes o después de probar el menú con el que Berlusconi les habrá deleitado entre tiendas de campañas de refugiados del terremoto?

2 Comments

  1. Pingback: Bitacoras.com
  2. Tumbarse como la gata es extraordinario al igual que ver las luces de la ciudad desde la azotea pero sin la compañia de la gata, entre bocanadas de humo de un buen cigarrillo, un vaso de fino licor, un libro y la compañia grata de alguien que le guste admirar las luces de la ciudad en mitad de la noche, el transitar de la gente, el voltear incesante de estos para cuidarse de no ser atracados mientras se desplazan por la calle, mientras le vez, disfruta del pasar de un avion que con ruido espantoso te quita la atencion, te tumba al pasar el ruido y te roba la inspiracion. Es gratificante el trabajo al igual que el descanso apartando las alergia que sienten muchos a la labor diaria del compromiso con el trabajo.

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