Saber hacer reír

¡Ole! ¡Vaya título de entrada con tres infinitivos!

Afortunadamente, toda persona tiene la posibilidad de encontrar en su camino a alguien que sepa hacerle reír, a alguien que sabe darle otra visión a lo que se está viviendo, que es capaz de quitar hierro a la amargura y a la ansiedad que también están presentes en cualquier jornada normal.

Mx lapitonisa - ¡La broma de tus labios en risa! (Flickr)
Mx lapitonisa - ¡La broma de tus labios en risa! (Flickr)

No aludo -o también, pero de otra manera, a modo de sustituto- al cómico de oficio, a quien se gana la vida divirtiendo a su público y, por ello, se prepara a conciencia los chistes, los gestos, la imagen y la actitud. Quiero aludir a esa persona, familiar o de encuentro casual, que de buenas a primeras y sin venir a cuento de nada, sabe hacer -o, mejor, decir- algo con lo que ya tenemos alegre el día.

Este Prometeo tiene la alegría de recordar muchos buenos ratos de risa -así como otros de gran tristeza, por supuesto-, pero si no me equivoco quiero creer que esos instantes de felicidad se produjeron en momentos que no se pueden describir como importantes, sino más bien intrascendentes, plácidos dentro de cualquier rutina, de la normalidad diaria; por ello, precisamente, surgen como mirlo blanco, como un golpe de suerte que se nos cruza sin buscarlo y que lo gastamos compartiéndolo con otros.

G.D.abir - Licked Laugh (Flickr)
G.D.abir - Licked Laugh (Flickr)

Durante esos momentos de risa compartida, la figura del gracioso se nos puede hacer inmensa, nos reímos con y gracias a él y por eso le estamos agradecidos y, momentáneamente, no queremos que deje de estar a nuestro lado nunca más. De ahí que cuando la persona que nos hace reír se encuentra mal y nos transmite su tristeza, no demos crédito a lo que pasa, porque el que se ríe llega a creer que el gracioso siempre está bien y no como los demás, así que su aflicción puede llegar a parecernos más honda que cualquier otra.

Desde hace unos meses, por circunstancias varias, no comparto mis risas con el señor Fresneda, de quien a veces me he tenido que apartar simplemente para ir a encajarme la mandíbula. Y hoy, a través de su bitácora, me encuentro al amigo Juambri un tanto desolado, así que desde aquí quiero intentar recordarle algo gracioso, algo que tenía que ver con los muñecos “Barriguitas”: ¡cómo lloré de risa aquel día!

GiriSampath - Laughing Buddha (Flickr)
GiriSampath - Laughing Buddha (Flickr)

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