Recordando a Henry Molaison

No Standing Still - Living in the Moment (Flickr)
No Standing Still - Living in the Moment (Flickr)

Rememoren sus “primeras veces” e intenten volver a saborear esas sensaciones. Me explico: ¿por casualidad recuerdan la primera vez que, conscientemente, observaron el mar, o que contemplaron el horizonte desde alguna cima que les costó encumbrar? ¿Se acuerdan del primer beso, del primer cigarrillo? ¿Son ustedes capaces de recordar la adrenalina que se desbordaba en su corriente sanguínea la primera vez que subieron a una montaña rusa o cuando por fin consiguieron mantenerse en la bicicleta sólo sobre dos ruedas?

Para bien o para mal, esas “primeras veces” son verdaderamente sabrosas en la lejanía, en el recuerdo: entre otros motivos porque a nadie se le ocurre recapacitar que ésa es su primera vez y que debe guardar memoria viva de ello, y porque, como casi todo en la vida, lo exquisito se paladea con tiempo y con sabiduría: ¿quién es capaz de degustar un buen vino o un buen jamón si no sabe que lo son, si no los ha comparado con otros sabores mediocres, si no ha vivido para probar, conocer y saber elegir? A través de este axioma no es difícil colegir que la vida se resume en una primera parte de descubrimiento y una última, a modo de sobremesa, donde se comparte y rememora.

Tomada de la versión digital de The New York Times
Tomada de la versión digital de "The New York Times"

Perdonen el uso de ese lugar común que es apelar a la añoranza a través de la rememoración de esas primeras veces. En realidad lo que deseo es presentarles el caso del señor Henry Molaison, que con veintisiete años fue sometido a una operación para paliar la epilepsia que padecía fruto de un accidente que tuvo de niño, cirugía fallida que le produjo un síndrome llamado amnesia profunda, por el cual su cerebro perdió la capacidad de generar nuevos recuerdos, es decir, que toda acción después de la operación, por repetitiva que pasara a ser, para este señor seguía constituyendo una sorpresa, una “primera vez”, por muy habitual que pudiese ser para el común de los mortales. Obviamente, su caso ha servido como pocos a la ciencia para investigar el funcionamiento de la memoria y del aprendizaje humanos. Gracias a los estudios efectuados con él, se sabe que la memoria se localiza en ciertos lugares del cerebro humano, que tiene su sitio específico.

Su enfermedad no le impidió continuar su vida, pues su capacidad intelectiva no fue dañada, ni cambió de manera radical su personalidad, pero, como pueden ustedes leer en el obituario que le dedicó el New York Times, “no pudo tener un trabajo y vivió, más que cualquier místico, el momento”: forzosamente y sin sospecharlo siquiera, el señor Molaison cumplió a rajatabla aquello de carpe diem.

Con 82 años abandonó a finales de 2008 este mundo que constituyó una contínua sorpresa para él. Descanse en paz Henry Molaison, el de memoria pobre. Aquí y ahora le recuerda un pobre memorioso.

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