Ley de los colores

pantone801 - Nelson Mandela Stencil Graffiti (Flickr)
pantone801 - Nelson Mandela Stencil Graffiti (Flickr)

Más tarde de lo previsto estoy acabando el libro de John Carlin sobre Nelson Mandela. La causa de esta tardanza es que no termino de creeerme el libro: ¡resulta todo tan feliz pese a que los orígenes de esta historia es, probablemente (como la cerveza), el episodio más injusto y cruel de la historia mundial actual! Parece que el periodista narra la historia como los evangelistas sus Evangelios, es decir, teniendo presente no sólo que aquello es un gran momento histórico, obviamente, sino que además está imbuido por algo sobrenatural que obliga a amigos, enemigos y escépticos a actuar todos del mismo modo, siguiendo los pasos del señor Mandela a quien, en este escenario, se le impone el papel de Mesías, con una visión del problema en su conjunto y de las soluciones a emplear que supera a cualquier otro protagonista, siendo todos incapaces de comprender las razones de las decisiones de Nelson Mandela hasta que éstas surten efecto.

Acaso el problema no sea el optimismo que rezuma la narración, sino mi escepticismo. ¡Qué le vamos a hacer! A estas alturas, el utópico puede no llegar a creer la ilusión que un realista, por excepción, sí acepta.

Tanto optimismo desaforado resulta incomprensible, por ejemplo, cuando se conoce que Mandela, al menos en público, nunca exigió rectificación de las autoridades del apartheid por haber sido encarcelado durante 27 años en pésimas condiciones, cumpliendo una condena de cadena perpetua por sabotajes contra el gobierno. Tampoco se entiende -es el eje sobre el que bascula el libro- cómo fue posible la reconciliación, al menos aparente, en teoría, de todo un país, donde la mayoría negra tuvo que soportar, por ejemplo, una serie de leyes redactadas ex profeso en su contra que eran la base del estado racista; así las enumera Carlin:

  • Ley de Servicios Separados, que prohibía, por ejemplo, que las personas negras difrutasen de las mejores playas o de los mejores parques.
  • Ley de Áreas de Grupo, por la que se prohibía que negros y blancos viviesen en las mismas zonas.
  • Ley de Inscripción de la Población, que clasificaba a los ciudadanos sudafricanos según su raza, siendo las cuatro principales categorías, en orden desdencente en derechos: blancos, mestizos, indios y negros.

Esta última era esencial para el régimen pues a través de ella se derivaban las restantes obligaciones y prohibiciones que se establecían a cada individuo, dependiendo de su color de piel y, por ello, de la clasificación en la que se hallaba. Así detalla Carlin esta ley tan injusta como también infinitamente absurda e incluso cómica si no la hubieran padecido tantas personas:

“Sin la Ley de Inscripción de la Población, por ejemplo, habría sido imposible aplicar la Ley de Inmoralidad, por  la que era ilegal no sólo que alguien se casara con una persona de otra raza, sino que tuviera cualquier cosa parecida a un contacto sexual.” (p. 129).

Sin embargo, pese a esta dureza, a veces el gobierno racista parecía ablandarse y abría la mano a sus “súbditos inferiores” como si fuesen hijos pródigos. Continúa el periodista:

“En parte para adaptarse a la incontinencia amorosa de una pequeña minoría de almas moralmente débiles y en parte para satisfacer el deseo de la gente de mejorar en lo material, el gobierno incluyó en la Ley de Inscripción de la Población una cláusula que concedía a las personas el derecho, biológicamente asombroso, a intentar cambiar de raza.” (p. 129).

¿Que le atraía a usted alguien de una raza diferente a la suya?, pues nada, o la otra persona o usted pedían el cambio de raza y, una vez concedido, ¡a disfrutar alegre y sexualmente hablando!

Pero todo no iba a ser tan fácil, pues aquello fácilmente se podía convertir en un gran cachondeo (¡mira qué negro más guapo!, voy a pedir el cambio de raza, pero también me atrae la mestiza que trabaja en casa, así que luego vuelvo a pedir el cambio y, cuando me haya aliviado, pues de nuevo a ser blanco que se vive mejor), así que no sólo había que presentar una solicitud para cambiar legalmente de raza, sino que había que pasar un examen: “se llevaban a cabo varias entrevistas” (¡¿?!), y si el asunto era complicado, el solicitante comparecía ante una junta de blancos que estudiaban sus andares para observar sus posturas y la forma de sus nalgas (sic). Si todavía no era posible determinar la raza del solicitante, se recurría a la prueba del lápiz: se metía el objeto “en el pelo de la persona: cuanto más enganchado se quedaba, más oscura era su clasificación”.

Nelson Mandela deshizo todo este sistema de un plumazo: sólo tuvo que dejar de ocuparse de las injusticias cometidas por el anterior régimen y, sobre todo, transformar símbolos racistas usándolos como aglutinantes de la nueva Sudáfrica como, por ejemplo, el rugby que pasó de deporte exclusivo afrikáner a emblema nacional. Del mismo modo la diversidad de colores y razas dejó de ser un problema para convertirse en una seña de identidad y de orgullo:

WireLizard - Rainbow Nation (Flickr)
WireLizard - Rainbow Nation (Flickr)

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