De mi memoria veleidosa que juega a trompos

En la ciudad de Algeciras reside un chaval (tenemos la misma edad, así que es un crío) con el que coincidí en el colegio y más tarde en el instituto. Como a la mayoría de los compañeros de aquel entonces, se nos perdió la pista; en los últimos tiempos, sin embargo, nos hemos cruzado en alguna ocasión.

En una de ellas, nos paramos a charlar un poco. Sé que tiene familia, uno o dos niños pequeños. También me comentó que daba clases de no sé qué en algún cursillo para parados. Imagino que éste es un trabajo extra, con el que completa su actividad laboral y agranda los ingresos mensuales, habida cuenta de que siempre lo consideré el más inteligente y perspicaz de los de mi quinta, de aquellos que comienzan la carrera con ventaja gracias a los genes o a lo que se deba, de hecho en su momento se licenció por dos veces, en Derecho y en Políticas.

No sé su motivo para afincarse, tras los estudios, de nuevo en Algeciras: no sé si fue elección propia o estuvo motivado por alguna causa de fuerza mayor. Sí puedo asegurar que esto, en todo caso, habrá sido un obstáculo para su desarrollo posterior: díganme ustedes de qué le habrá podido servir las dos titulaciones en el Campo de Gibraltar, cuando en esta parte del mundo, como en muchas otras, sin duda, el mejor currículo son los lazos políticos o familiares.

gennaropascale.com - VUELTA AL TROMPO (Flickr)

No basta que dos o más personas vivan juntas un mismo momento para que su memoria coincida en los hechos compartidos, tal es así que uno mismo, en diferentes etapas de su vida, da más o menos importancia a lo vivido y lo recuerda de modos diferentes. Así, este compañero de la infancia no sé si recordará algún momento del pasado en que conviviéramos, ni tampoco cómo lo recordará. A mí nunca se me olvidará que con diez, año arriba, año abajo, sin ser muy amigos en el colegio, una temporada de aquellas en las que se había vuelto a poner de moda jugar a los trompos, le invité un día a venir a mi casa por la tarde, para jugar en mi azotea que era amplia, aunque de suelo de ladrillo, por lo que el juego tampoco era muy vistoso allí. Sé que él tenía mejores trompos que yo y más destreza, pero creo que no llegamos a jugar y no sé si llegó a merendar conmigo esa tarde.

Relucesco22 - Lost In My Memories... (Flickr)

Ante tan poca anécdota, la pregunta es: ¿por qué puedo acordarme de una nimiedad así? Y, sobre todo, ¿para qué la cuento? La segunda la voy a soslayar por razones obvias, pero sí creo tener respuesta para la primera: él fue el único compañero de colegio al que invité a subir a jugar a mi azotea, que era mi coto vedado, donde casi siempre jugaba solo. No sé la razón de esta excepción, teniendo en cuenta que nosotros ni siquiera nos sentábamos cerca (los apellidos nos separaban muchas filas, pupitres y asientos), tal vez yo estaba entonces emocionado con los trompos y él era de los mejores jugadores, y quería aprender o formar parte de su equipo, no sé. Lo cierto es que esa tarde estuvo en mi casa y pasó unas horas conmigo, pero nunca más volvimos a quedar fuera de clase, y sólo más tarde, gracias al azar y a nuestra nefasta actividad deportiva, nos volvimos a reunir jugando, esta vez al baloncesto, formando parte del peor equipo que hubo en el instituto.

2 Comments

  1. Pingback: Bitacoras.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s