El arte contemporáneo según Marías

En su “zona fantasma” (ya saben: su artículo semanal en el suplemento dominical de El País) de este último fin de semana, Javier Marías opina sobre un asunto tan polémico como el arte contemporáneo.

Sin duda, su opinión es compartida por una gran generalidad, en la que también me encuentro, porque, además de parecer, querer o pretender ser un mundo cerrado o un coto vedado, el arte actual está alejado de la sociedad, en primer lugar porque son los artistas, galeristas y críticos quienes únicamente pueden juzgar lo que es válido y lo que no, relegando al público, sea más o menos entendido, a esperar su dictamen que debe ser acatado. Es entonces cuando quien es ajeno a ese mundo pasa por zoquete si no acepta o no comprende el dogma artístico.

Toda corriente, sea pictórica o escultórica y por supuesto también la literaria, se ha originado, en primer lugar, como respuesta a lo establecido, por tanto de algún modo quebrando algunas reglas para poder distinguirse de lo inmediatamente anterior, de lo académico. Sin embargo, esas nuevas corrientes, para poder terminar transcendiendo, tambíen debían contar con la simpatía del público tarde o temprano, pues en caso contrario caían en el olvido rápido.

En este siglo que estamos estrenando hemos heredado esa falsa impresión, creada por ciertos interesados sin duda, por la cual quien no aprecia cierto tipo de arte es porque no sabe hacerlo, es decir, no porque ese supuesto objeto artístico no sea capaz de crear emoción, sino porque quien lo presencia no sabe emocionarse con su contemplación (¡!).

Javier Marías afirma que él no es capaz de apreciar este arte (en concreto se refiere al creado a partir de 1965) aunque admite que nadie le obliga no ya a apreciarlo, sino tampoco a entrar en un museo sabiendo que lo expuesto no va a ser de su gusto. Su crítica, entonces, se dirige al arte que puntualmente utiliza el espacio público, las calles de una ciudad, como espacio expositivo, siendo los mismos lugares por los que habitualmente circulamos, habitamos y vivimos las salas donde el artista presenta su obra, obligándonos así indefectiblemente a contemplarlas. Alude, sin ir más lejos, a la reciente exposición de vacas en Madrid, la Cow Parade, a las esculturas de Botero, al arte conceptual de Christo (este señor “empaqueta” objetos grandes o edificios con telas o plásticos), o a las fotografías de cientos de personas desnudas en la calle de Spencer Tunick.

Ante la “invasión” del espacio público por este tipo de arte, el escritor concluye: “no creo que nada de eso sea buen arte, pero admito que otros lo crean y me aguanto mientras duran el “experimento” o la “exposición”. “. Tras esto, lo que termina de enojar a Marías es la actitud de aquellas personas que, por gusto, fetichismo o disgusto, con espíritu vandálico se dedican a saquear o destrozar estas supuestas obras de arte, de igual modo que no respetan el espacio público y sin saber dar una respuesta lógica y cabal de su comportamiento, del mismo modo que, para el columnista, los poderes públicos permiten la exhibición de ese supuesto arte contemporáneo sin saber muy bien la razón de tal permisión. Con esto termina redondeando su artículo La idiotez de no saber por qué.

Habrán notado que las imágenes que ilustran esta entrada carecen de títulos que las identifiquen, y es que les propongo un pasatiempo: averiguar cúales de ellas se consideran “arte contemporáneo” y cuáles no. Próximamente, a su alcance, las respuestas.

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