Hachís en el estómago

-Ida y vuelta.

Javier Antón - Partiendo de Tarifa

Ante la taquilla hay un hombre que se ha expresado en mal español y que, con mano sucia, tiende un pasaporte de cubiertas rojas al tiempo que deposita pocos billetes y unas cuantas monedas. El taquillero, nada más levantar la cabeza al escuchar las palabras, sabe de qué va el asunto. Coje el pasaporte y lo acerca al escáner para tomar los datos del pasajero. ¡Qué maravilla de máquina! ¡Cuánto trabajo quita! Por algún motivo, sin embargo, el fogonazo no termina de leer la nacionalidad de este tipo de documentos, así que el taquillero debe teclear las siglas de ese país: RO, Rumanía. Otro pobre rumano con cara de asco, de susto, a veces de suficiencia, y siempre intentando disimular y no sabiéndolo hacer, como el gato doméstico que hace sus necesidades sobre la arena absorbente y mira a su amo que le observa y el felino vuelve los ojos hacia otro lado, como si así el humano no estuviera mirándole.

-Sesenta y seis con sesenta, por favor.

Bromas aparte sobre el guarismo del precio (que si ha subido una barbaridad, que si el número de la bestia) al taquillero le cuesta pronunciarlo bien, tantas eses y es, y ni siquiera los hispanohablantes suelen enterarse bien. Pero el taquillero sabe que, con estos pasajeros, no es necesario especificar tanto, sin embargo la rutina y el disimulo le obligan a actuar como en cada venta; igualmente, el rumano no se ha enterado de nada, pero no importa porque él ya ha dejado el importe justo sobre el mostrador, por eso actúa como si lo hubiera comprendido. Pese a esto se engañan, piensa el taquillero, porque todo pasajero que viene por primera vez, al escuchar la cantidad que se les exige, al menos pone cara extraña, sino se queja directamente de lo caro que le resulta; y estos pobres, si mañana por lo mismo le cobráramos el triple, seguirían sin protestar y viniendo con el dinero preparado.

Suelen venir en grupos -nunca aparecen solos- que antes de entrar en la estación marítima se deshacen, por lo del disimulo, ya saben. Pero en ocasiones, los menos preparados no pueden o no saben fingir, y se aprietan en la fila detrás de uno de ellos, seguramente del que mejor se defiende en español, para que en su turno ni siquiera tengan que aclarar la clase de billete que precisan, que con un gesto hacia el que acaba de comprarlo le dicen al taquillero lo que quieren.

El taquillero recuerda anécdotas, como la del que le preguntó a una de sus compañeras de trabajo, durante la venta, en la misma taquilla, que si se le notaba mucho a lo que venía, a lo que iba, y que en su país estaban las cosas muy mal y que esto ya era la última oportunidad. O aquellos dos que obtuvieron los billetes a través de un acompañante, de un marroquí que fue quien pagó el importe y que se comunicaba con ellos en inglés, que les dio ordenes y se quitó de en medio (literalmente, según el DRAE, significa “apartarse de un lugar o salirse de un negocio para evitar un lance, disgusto o compromiso.”) cuando los rumanos se dirigieron hacia la sala de embarque.

¿Y las fuerzas de seguridad? Evidentemente también saben de lo que va el asunto, pero a priori, felizmente, nadie puede ser detenido porque se suponga que se va a convertir en criminal (¿alguien recuerda una película de Spielberg, Minority Report, con Tom Cruise?). Pero el taquillero se acuerda de aquella vez que poco después de la salida del barco regresaron tres o cuatro de ellos a los que había atendido pidiendo la devolución porque la policía no les había permitido embarcar. O eso decían ellos. Puede que hubieran llegado tarde; o que al final se arrepintieran. ¡Claaaaro!

jhonycogollo - Hachis Marruecos (Flickr)

El taquillero no se encuentra con ellos a su regreso, pues su trabajo, obviamente, se desarrolla principalmente con los que parten, no con los que vuelven. Sin embargo, en ocasiones recuerda alguna cara que sale de la aduana (“¿Cómo? ¿no le han pillado? Tal vez al final se echó atrás”) o escucha a algún guardia civil: “Tenemos tres en el hotel”, o simplemente ve salir escoltado a alguno en dirección al hospital, para que le hagan una radiografía (después vienen los laxantes y el guardia encargado tiene que rebuscar bellotas entre las heces: “Si los que fuman vieran esto…”).

Naturalmente ustedes deducirán que el “bajarse al moro” no es privativo de una nacionalidad concreta, pues seguramente quienes más lo intenten sean ciudadanos españoles y marroquíes, por estadística simple, por supuesto. Esta entrada sólo pretende ser fiel espejo de una realidad conocida pero no bien entendida, aceptada pero no tolerada, contemporánea y también innata al ser humano, que nunca va a dejar de ir en busca de problemas cuando alguno mayor le complica la vida, como la miseria en sus muy variados disfraces.

Así es: hachís en el estómago, o en los neumáticos o en la vagina, y disimulo mal fingido en las miradas, que hay que salir del hoyo y ganar algo para seguir una temporada o, simple y tontamente, es para darse el capricho de un coche nuevo, de un plasma más plano, que también hay por ahí mucho inconsciente…

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