Banderas

MShades - Flag with extra zoom (Flickr)

De pequeño me recuerdo mirando un libro en el que a doble página aparecían las banderas de todos los países del mundo. Además de colorido era interesante ya que, si algunas mostraban signos y colores que me parecían extraños, casi todas me remitían a nombres de lugares exóticos, como Portugal con su verde y rojo en vertical y su escudo en medio, o como la bandera de Nepal que no es cuadriculada sino que parece una flecha partida por la mitad (en aquel tiempo podía ser tan exótico el bacalhau dourada como el sushi, que conste).

El problema con las banderas surge cuando la agitan, real o simbólicamente, unos cuantos individuos por la calle (dénse cuenta de que nunca va a ir un tío solo con la bandera agitándola y acompañando su actuación con algún himno o con consignas, siempre irá junto a una comitiva de vociferantes como él; o se le verá andando de un modo muy raro, muy estirado, junto a unos cuantos más que le acompañan pero algo separados, todos vestidos igual y con armas, tal vez para dar la impresión de que son más y por supuesto muy fuertes, y todos haciendo los mismos aspavientos: copiándose unos a otros el paso de la oca o el brazo en ristre). Y estas hordas suelen creer que el que no está con ellos debe de estar contra ellos, y eso casi siempre acarrea, al menos, molestias. Da igual que la bandera se agite por motivos deportivos, políticos, raciales o de cualquier otra índole, porque el problema con las banderas subyace en lo anterior, en que el que no vocifera por esa bandera no es como uno, es un contrario, un enemigo, y ¿cuál es su excusa para no gritar a favor de esa bandera? Seguramente algo perverso debe ocultar y no es seguro dejarlo ir así como así.

Me dirán ustedes, citando una entrada anterior de esta su bitácora favorita, que hay excepciones, como la de la inauguración de los Juegos Olímpicos, pues ha desfilado cada representación nacional con su bandera y que no era por ningún motivo negativo. ¿Seguro? ¿Acaso los éxitos olímpicos no entran en relación directa con la superioridad de unos países con respecto a otros en aspectos de índole más práctica, menos idealista y más excluyente?

Por otro lado, también es triste que te toque adorar a una bandera fea o sosa. Sin ir más lejos la de España -como la de Andalucía, Francia, Italia y muchos más países- es aburrida, no lo neguemos: dos colores que ocupan tres bandas del mismo tamaño y en la misma dirección. En cambio, la de Euskadi, la de Gran Bretaña, Grecia, Brasil o incluso Japón con su sencillez, se salen de lo habitual y son más atrayentes y distinguidas.

Esto último podría ser la única salida digna que les quede a las pobres banderas después de toda la suciedad con las que las hemos impregnado en estos últimos siglos: ser objetos artísticos, así como también representativos, de un grupo de personas, llámese comunidad, país o sociedad de naciones, pero que a la vez sean patrimonio de todo el mundo, como la catedral de Burgos, el David de Miguel Angel o la Primavera de Botticelli.

Me gustaría terminar esta entrada con la imagen de unas banderas que no creo que hayan sido causa de ningún derramamiento de sangre. Muy al contrario nacen de la marginación, o de la solidaridad o caridad hacia el menesteroso; no del poder, la tiranía ni la violencia:

davidovich - Museo de la Cruz Roja (Flickr)
DizDau - Peace Flag (Flickr)

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