Méritos

-No, que no te lo mereces.

El reconocimiento y el agradecimiento parten, obviamente, desde fuera de la persona reconocida, de ella y de sus acciones, que al cabo son las que otorgan premio, porque somos demasiados para que sólo por eso, por inmanencia (por el hecho de ser y sin necesidad de otros añadidos), se nos reconozca como merecedores de aplauso. Lo que hacemos, lo que nuestro deseo, voluntad u obligación (adquirida o impuesta por uno mismo), nos impele a realizar es verdaderamente lo que puede atraernos el reconocimiento de los demás. Pero siempre todo, in extremis, dependerá de la subjetividad de los que nos rodean, de que decidan que nuestras acciones deben ser publicadas y ovacionadas. De ahí que todos conozcamos a personas que, por el motivo que fuere, nunca han recibido homenaje alguno por mucho que creamos que lo merecen, mientras que hay otros a quienes les haríamos tragar medallas y títulos porque sus ignominias les hacen desmerecedores de cualquier gratificación.

Hitler saluda al soldado Alfred Czech (Associated Press)

-No, que ya no te lo mereces.

Esta pequeña modificación, la inclusión del adverbio, de modo tan simple, demuestra lo anterior. El adverbio de tiempo es el que nos da la medida de la subjetividad, ya que en ese pasado que se señala el oyente sí era merecedor de algo y parece que, implícita o explícitamente, el interlocutor lo ha declarado para después, ya sea por caducidad del mérito o por negligencia del interpelado, negárselo a éste.

M. Meyer - Degradación de Alfred Dreyfus (Le Petit Journal)

No obstante lo anterior, no he sido riguroso desde el principio, pues al referirme a la estimación de otros con respecto a los actos de un individuo sólo he partido desde la presunción de que esas acciones eran buenas o rectas, o así consideradas por la gran mayoría, por lo que también sería positiva la respuesta que se recibiera de los demás. El “mérito” en sí es únicamente una acción humana que puede dar lugar, por parte de los demás, a premio o a castigo; así al menos nos lo explica la primera acepción de esta palabra en el DRAE, aunque también es cierto que, por regla general, tanto para la Real Academia como para los hablantes pedestres, la voz “mérito” conlleva una carga positiva: sin ir más lejos existe “demérito” como antónimo de la primera.

Por recompensa a esos supuestos merecimientos no sólo me refiero a medallas y diplomas: también a un abrazo o a unas palabras, a un beso de despedida o a una sonrisa que se regalen dos desconocidos que se crucen por la calle. Y por castigo a esos hipotéticos deméritos hablo tanto de afrenta pública, sanciones y penitencias varias como simplemente del eterno abismo de sentirse acosado por la indiferencia.

Así pues, deberíamos concluir en que no merece la pena actuar con el único fin de recibir nota de los demás, pues siempre estaremos al albur de su parcialidad, sino que se debe actuar según nos dicte nuestra conciencia, estando, eso sí, preparados para recibir de los demás tanto el aplauso como el abucheo.

Es entonces significativo que, al ilustrar esta entrada que finalizo apelando a la propia conciencia como impulsora de nuestras acciones, utilice dos imágenes castrenses, y de todos es sabido cómo la obediencia en el ejército puede llevar a situaciones absurdas, como la de un niño de doce años obligado a matar por su Führer. ¡Qué mundo éste!

5 Comments

  1. Gracias por los elogios, Javito, pero no es para tanto. ¿No ves que tampoco esto interesa a nadie como para dejar algún comentario? Sólo tú, que pareces un tío amable. Ya sabes, por aquí seguimos.

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