Poder y no querer

Antes fue sobre la impotencia de no conseguir, por causas ajenas, aquello a lo que sí se puede aspirar. Lo que de verdad desconcierta es aquel que decide abandonarse a la desidia o a las circunstancias y volver la espalda a aquello que es parte de sí mismo, que le pertenece y es su misma esencia. Rendirse cuando la victoria ya está conseguida, admitir un fracaso que ni siquiera existe y renunciar a lo que uno es, tiene y le pertenece. Además, todo ello sin motivo aparente, sin explicación lógica.

A los diecisiete años de edad, en 1871, Arthur Rimbaud fue llevado a hombros por las calles de París por los más insignes poetas franceses de la época hasta el estudio de un fotógrafo de famosos para que fuera inmortalizado. La euforia de los compañeros poetas de Rimbaud se debía a que habían escuchado de sus labios el poema “Le Bateau Ivre” (“El barco ebrio”):

cinealoido - Arthur Rimbaud (flickr)

Yo sé de los cielos que estallan en rayos, y de las trombas
y de las resacas y de las corrientes:
¡yo sé de la tarde, del alba exaltada como un pueblo de palomas,
y he visto alguna vez, eso que el hombre ha creído ver!

Es cierto que unos dos meses después esos mismos poetas le rechazaron, le echaron de su lado; que el joven escritor protagonizó escándalos que avergonzaron a la sociedad francesa y por los que consiguió el repudio. Así, entre fugas y fracasos, Rimbaud abandonó definitivamente la literatura cuando apenas tenía veinte años. Entonces terminó de internar sus pasos en la leyenda: se dice que trabajó en un circo, que fue traficante de armas, que se dedicó a rescatar pecios… Con treintaisiete años de edad a consecuencia de un tumor en una rodilla, se le amputó una pierna y empezó a paralizársele el cuerpo: murió entre pociones de adormidera y ensueños de morfina.

Quien abandona en el éxito, ¿es un traidor? ¿El ser humano está obligado a continuar con lo que hace bien simplemente en razón de la sociedad? ¿Hasta qué punto se está obligado a los demás y desde dónde se puede admitir que cada cual siga un camino en el que no haya paradas donde ofrecerse a los otros? ¿Quién es más egoísta, el que cesa en aquello que sabe hacer y en lo que es productivo, o la sociedad que le sigue exigiendo que trabaje para el bien común? En una sociedad donde se alaba tanto el éxito, o lo que esta sociedad considera así, y donde la figura del perdedor está también muy marcada (por oposición al triunfador, no obstante el concepto de fracaso también es peculiar)  a pesar de que perdedores somos todos, ¿qué lugar ocupa la figura de alguien tan huraño y en permanente fuga como Rimbaud?

Sí, es cierto que estas preguntas son vanas porque así son las respuestas que se obtienen de ellas, pero hay que conformarse meramente con encontrar otras preguntas, mejor encauzadas o más fáciles de responder. O simplemente sirve con echar el ratillo, a ver si se hallan otras emociones, otras opiniones, en la búsqueda de Icaria.

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